
– Pero ¿y cuándo llega aquí, a casa?
– Al anochecer de mañana, hijo, al anochecer. Todavía tiene que subir de Alejandría en tren. No seas impaciente.
Más tarde, mientras salían del palacio Hassanein hacia los jardines de Ezbekiya y la plaza de la Ópera, y atravesaban la plaza Ismail con el Museo Egipcio al fondo, Ya'kub le fue contando atropelladamente a Amr quién era Nicky Desmond, qué significaba para él, cómo en primavera su madre y Nicky se marchaban de picnic a las carreras de caballos y qué otras aventuras le había contado sobre cacerías de tigres en Bengala y ataques de rebeldes afganos en el Khyber Pass. ¡Y pensar que nunca le había dicho que había estado en Egipto y metido en una guerra, además!
De pronto Ya'kub se cortó en seco, se paró y, mirando a Amr, preguntó:
– ¿Por qué no le contaste a mi padre lo del papel de Nadia?
Amr se encogió de hombros.
– No le íbamos a preocupar sin necesidad.
– ¿Cómo es eso? ¿Sin necesidad? ¡No puedo no contestar a Nadia… no hacer nada! Me lo ha ordenado. Y además -bajó la cabeza-, tengo que verla. ¡Tengo que verla! ¡Ella quiere verme! Si no me ayudas tú, no sé qué haré… la tendré que buscar por mi cuenta…
– ¡No, eso no! Nos acabarían cortando el cuello a todos. -Rio-. No te preocupes, muchacho, ya se me ocurrirá algo.
– ¿Qué se te ocurrirá? Tiene que ser hoy, esta noche, Amr, ¡esta noche! ¡Por favor!
– Bueno, bueno. Dame tregua. ¡Qué impaciencia, que Alá se compadezca de mí!
Y con eso, se dio la vuelta y se encaró con el gran palacio de Kamal al-Din, que reinaba en la plaza de Ismail, blanquísimo en la oscuridad en contraste con la mole roja del Museo Egipcio, allá al fondo, y la fachada ocre de la vieja mezquita de Ornar Makram, a la izquierda. Entonces repitió:
– ¿Que se nos ocurra algo? Vamos a ver.
Y echó a andar hacia el palacio, seguido por Ya'kub.
