Llegaron a la verja que separaba la plaza del jardín y de la mole del palacete con su triple arco de entrada. Dos fieros sudaneses hacían guardia en la oscuridad, armados con mosquetones y cuchillos de hoja curva. Amr echó la mano atrás y la apoyó en el pecho de Ya'kub, que se hizo a un lado. Después se acercó a los sudaneses, que obviamente lo conocían, puesto que le saludaron con familiaridad. Se puso a hablar con ellos agitando mucho las manos. En un determinado momento, los tres profirieron una gran risotada y, finalmente, uno de los guardianes se dio la vuelta y desapareció en el interior del palacio.

Al poco, regresó con una mujer oronda y baja, envuelta por completo en una saya blanca. Amr se dirigió a ella con cierta deferencia y estuvieron charlando en voz baja hasta que ambos se volvieron hacia Ya'kub, apartado a unos metros, cerca de la verja. La mujer lo miró detenidamente durante un largo rato y luego, haciendo un gesto con la cabeza como si se sintiera satisfecha, regresó al interior del palacio.

Entonces Amr se acercó al muchacho.

– Sígueme -le ordenó.

Fueron caminando a lo largo de la verja que rodeaba el palacio hasta que llegaron a la parte trasera del jardín, la que daba sobre el Nilo. Allí, en medio de una maleza de Jacarandas, palmeras y buganvillas, había una portezuela de hierro forjado entreabierta. Amr la empujó y entró, tirando de Ya'kub para que le siguiera.

– Tienes cinco minutos -murmuró. Al chico, que había comprendido por fin de lo que se trataba, le empezaron a temblar las piernas de tal forma que mal apenas podía sostenerse en pie. Tuvo que apoyarse en el antebrazo de Amr para no caerse y recuperar la calma.

Lo primero que vio cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la oscuridad fue a la mujer oronda de la saya blanca. Esperaba inmóvil al pie de un gran plátano, con las manos cruzadas sobre el vientre y la cara impasible. Pero al instante, se volvió hacia él y señaló con la barbilla al interior en sombras del jardín.



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