
Al poco, regresó con una mujer oronda y baja, envuelta por completo en una saya blanca. Amr se dirigió a ella con cierta deferencia y estuvieron charlando en voz baja hasta que ambos se volvieron hacia Ya'kub, apartado a unos metros, cerca de la verja. La mujer lo miró detenidamente durante un largo rato y luego, haciendo un gesto con la cabeza como si se sintiera satisfecha, regresó al interior del palacio.
Entonces Amr se acercó al muchacho.
– Sígueme -le ordenó.
Fueron caminando a lo largo de la verja que rodeaba el palacio hasta que llegaron a la parte trasera del jardín, la que daba sobre el Nilo. Allí, en medio de una maleza de Jacarandas, palmeras y buganvillas, había una portezuela de hierro forjado entreabierta. Amr la empujó y entró, tirando de Ya'kub para que le siguiera.
– Tienes cinco minutos -murmuró. Al chico, que había comprendido por fin de lo que se trataba, le empezaron a temblar las piernas de tal forma que mal apenas podía sostenerse en pie. Tuvo que apoyarse en el antebrazo de Amr para no caerse y recuperar la calma.
Lo primero que vio cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la oscuridad fue a la mujer oronda de la saya blanca. Esperaba inmóvil al pie de un gran plátano, con las manos cruzadas sobre el vientre y la cara impasible. Pero al instante, se volvió hacia él y señaló con la barbilla al interior en sombras del jardín.
