Ya'kub, con el corazón latiéndole como si se le fuera a salir del pecho y seguro de que le estallaría en la misma garganta antes incluso de dar dos o tres pasos más, anduvo despacio, casi a tientas, esperando la muerte a cada instante. Fue por un estrecho sendero hacia un bosquecillo lo suficientemente tupido como para que no pudiera verse la fachada posterior del palacio.

Y allí estaba Nadia, de pie, vestida con una blusa y unos pantalones bombachos de ligerísima seda; se cubría con un velo transparente, escondiendo su cara sin esconderla. Miró a Ya'kub con gran seriedad y, como si fuera lo más natural del mundo que éste hubiera cumplido a rajatabla sus órdenes, dijo:

– Has venido.

Ya'kub quiso hablar, pero se le había secado la boca y no consiguió articular palabra. Se puso como un tomate, aunque en la oscuridad su sonrojo no fuera perceptible. Temblaba como una hoja. Entonces Nadia susurró sonriendo:

– Se te ha vuelto a comer la lengua una mosca.

Luego dio un paso, dejó caer el velo, alargó la mano y le acarició la mejilla. Ya'kub ignoraba la clase de intimidad que aquel gesto encerraba. Lo desconocía todo de ese lenguaje, claro está, y le pareció que era normal y extraordinario a la vez que eso ocurriera entre ellos. Eso era lo que tenía que ocurrir entre ellos. Al mismo tiempo, le sacudió una poderosa oleada de sensualidad y, sin poderse resistir, no sabiendo qué otra cosa hacer, él también alargó una mano para rozar la mejilla de Nadia.

Pero Nadia, como si la mano de su amante fuera un pajarillo, la cazó al vuelo, se la llevó al pecho y dejó que anidara allí y que, con su temblor, la acariciara.

Ambos se quedaron sin habla.

Y Nadia, la más osada de los dos, rodeó con sus brazos el cuello de Ya'kub, se puso de puntillas y le besó ligeramente en los labios.

Amr carraspeó.

– Debemos irnos, Ya'kub.

– Pero Amr…



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