
– Debemos irnos.
Nadia dio un paso hacia atrás. Suspiró.
– ¿Me lo traerás pronto? ¿Harás que venga?
Amr asintió.
– Esta parte de Wasaah se llama Wijh al-Birka, el espejo del lago, y de lago tiene, como verás, bien poco y menos aún de espejo -dijo Amr riendo. Iba alegre y satisfecho: además de esnob, era un romántico incurable y la visita al jardín de la princesa Nadia lo había colmado por completo. Señaló a la gente que deambulaba por aquellas callejuelas, a los soldados ingleses de uniforme y a los turistas a la caza de emociones fuertes, y añadió-: Mira: como alguno de ellos caiga en las garras de aquellas pulas repintadas que ves ahí esperando como si fueran animales de presa dispuestas a saltar desde detrás de las verjas de sus burdeles, lo desgarran y le sacan la piel a tiras. -Sacudió la cabeza-. Aquí, con respirar, te contagias de la sífilis.
Ya'kub quiso echarse para atrás y volver por donde habían venido, pero Amr lo sujetó por un brazo y le obligó a seguir.
– No te preocupes, que no te pasará nada, Ya'kub, pero tienes que ver al jeque Ibrahim al-Gharbi… Despacha ahí, a la vuelta de la esquina…
Y, en efecto, al doblar el esquinazo de una calle oscura, sentado en un banco con las piernas cruzadas, vestido como una mujer y cubierto por un velo blanco, apareció la monstruosa y obscena figura del gigantesco rey nubio de la noche apestando el aire con aroma de pachulí.
– ¡Ah! -exclamó con voz profunda y entonación amanerada al ver a Amr-. Amr Ma'alouf, mi hermano de Zamalek. ¿Qué te trae por aquí? ¿Vienes en busca de algún efebo que satisfaga tus caprichos? ¡No! Oh, no, te veo bien acompañado. -Extendió una mano grotescamente enjoyada e intentó acariciar la cara de Ya'kub, que se echó hacia atrás con exagerada violencia-. ¡Un joven arisco! ¿Es tuyo o me lo quieres vender? Te pagaré mucho dinero por este rumy, por este rubio. -Rio alegremente.
– No, no, Ibrahim. Este joven, que es hijo de Ahmed Hassanein Bey…
