
– Alabado sea Alá el misericordioso… Me habían dicho que era guapo, pero… -Rio de nuevo con el repulsivo sobresalto de una vieja histérica.
– …y sufre mal de amores. Creo que necesita los riñones duros y cobrizos de una virgen nubia que lo cure de sus males.
– ¡No! -exclamó Ya'kub.
– ¿No? -preguntó Amr levantando las cejas.
– No quiero eso.
– Espera a que te enseñe la Venus que te voy a preparar -dijo entonces el jeque Al-Gharbi-. Caerás fulminado por ella y nunca querrás a nadie más. -Rio de nuevo y chasqueó los dedos. Uno de los jóvenes que pululaban a su alrededor salió disparado hacia la oscuridad-. Te costará sólo diez ginaih -añadió, mirando a Amr.
Ya'kub volvió la vista hacia Amr con desesperación y haciendo mudos gestos de negación.
– ¡Alá el misericordioso me proteja! ¡Eso es una fortuna! -se quejó Amr con una cómica expresión de disgusto-, ¡un robo!
– ¿Una fortuna? ¿Tú sabes lo que te estoy ofreciendo? Una virgen que no ha cumplido los quince años.
– No, no -gimió de nuevo Ya'kub.
Y en ese momento volvió el joven con una niña apenas adolescente, delgada y alta, de finos rasgos eritreos. Su escasa ropa dejaba al aire unos pechos sorprendentemente grandes y firmes. Una falda transparente anudada por debajo del ombligo revelaba un vientre liso y una grupa cobriza y elástica. La niña bajó los ojos.
– ¿No te has enamorado aún? -preguntó al-Gharbi a Ya'kub mientras acariciaba los pechos de la niña como si estuviera amasando pan. A Ya'kub, trastornado por las emociones de la noche y ahora, de pronto, encendido por la sensualidad inesperada de los mil aromas que lo asaltaban desde cada esquina y por la incierta luz de velas y hogueras iluminando temblorosamente aquel mugriento lugar de callejones y plazoletas, la visión del cuerpo casi desnudo de la muchacha le excitó sin remedio, como un sueño oscuro, pero al mismo tiempo las groseras caricias de aquel repulsivo proxeneta le revolvieron el estómago.
