– Déjala en paz -dijo y se sonrojó-. Por favor.

Al-Gharbi volvió a reír.

– ¿Es tuya o mía? -preguntó sin dejar de manosear a la niña-. ¿Me la has comprado ya? No he visto el dinero, rumy. Amr, explícale a tu pupilo que le cuesta diez ginaih llevarse a esta putita.

– Jeque Ibrahim, un día tu desfachatez te costará cara.

Amr miró a su alrededor con actitud de desafío. Sabía que una orden de aquel grosero monstruo podía costarles la vida a los dos, pero en aquel lugar, en aquel momento, no podía permitirse mostrar debilidad alguna. Se alegró de llevar una pistola escondida en el amplio bolsillo del pantalón.

– ¿Mi desfachatez? ¿Qué desfachatez? -Aquello sonó como una amenaza.

– Un día os saldrá cara, sí, y a ti el primero, aunque por el momento -sonrió- tienes la suerte de que, mientras metes una mano en nuestros bolsillos, con la otra acaricias nuestros genitales.

Y, como por arte de magia, en su mano izquierda aparecieron dos billetes de cinco libras egipcias que al-Gharbi se embolsó sin que pareciera que había movido el brazo. Entonces, poniéndole una gruesa mano en los riñones, empujó a la niña hacia Ya'kub.

– Es tuya, eres su dueño para siempre… hasta mañana. -Y estalló en una irreprimible carcajada, desagradable como el largo cloqueo de una vieja gallina que hubiera conseguido por fin poner un huevo-. Mañana a mediodía, Amr, mi hermano, insh'allah -añadió secándose las lágrimas.

– Alhamdulillah -contestó Amr-, mañana a las doce te la mandaré.

– Me la traerás.

– No, Ibrahim, te la mandaré.

– Muy bien, muy bien, alabado sea el Profeta.

Capítulo 7

Hubo que bañarla de arriba abajo para quitarle la mugre de meses que la niña traía encima. La lavó la vieja aya en la gran bañera de mármol de la casa de Amr.



66 из 280