La mujer, una cairota que llevaba cincuenta años en la familia Ma'alouf, no se escandalizaba ya por nada: había presenciado en silencio las cosas más raras y chocantes sin salir casi nunca de entre aquellas paredes decadentes. Pero por mucho que esta vieja, charlatana impenitente para todo lo demás, hubiera sido testigo mudo de las ocurrencias de sus amos durante medio siglo, nada le impedía rezongar en voz baja, refunfuñando sin parar ante el hilván de amantes del padre y luego del hijo. Claro, que las protestas eran más producto de décadas de indulgencia y fidelidad que de indignación puritana, poco probable en una esclava ligada a la familia desde su nacimiento.

¡Pobre Ya'kub! Allí estaba, sentado en el salón de Amr en la casa de Zamalek, hecho un mar de confusión y de dudas, sin atreverse a imaginar lo que le depararían las próximas horas, aterrado de que le fueran a deparar nada y pensando sólo en cómo podría deslizarse hacia la puerta de la villa de Amr, salir corriendo, cruzar el puente de Qasr al-Nil por entre sus fieros leones de piedra, llegar a tierra firme y entrar en casa de su padre sin que nadie lo notara.

Pero Amr, sentado frente a él, no le quitaba ojo.

Hubo un larguísimo silencio. Ya'kub tragó saliva y abrió la boca para decir cualquier cosa, pero se interrumpió y acabó callando. Amr lo miró con curiosidad, arqueando las cejas.

Y en ese preciso instante se abrió la puerta del saloncito y la vieja aya empujó con brusquedad a la niña eritrea, que dio dos pasos hacia el interior de la habitación. Estaba completamente desnuda y le relucía el pelo recién lavado. Miraba al suelo y con una mano se tapaba el sexo.

Amr, siempre esteta atento, se admiró de que no hubiera vergüenza en ese gesto, sino simplemente una sugerencia de intimidad, como si la niña estuviera ofreciendo con naturalidad una flor irresistible. Parecía imposible que una manera tan bella de comportarse pudiera salir de una adolescente inexperta, producto del fondo de un wadi sudanés.



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