
La pequeña prostituta no había pronunciado palabra en toda la noche, sólo había dado dos o tres suspiros profundos al dejar de ser virgen, un «ay» y, una vez, se le había escapado una risa tierna. O al menos, eso fue lo que pensó Ya'kub, que era una risa tierna. Y en la primera luz de la mañana, cuando todo hubo acabado, le preguntó:
– ¿Cómo te llamas?
Pero ella se encogió de hombros y no respondió. Después fue hacia la puerta del saloncito y la abrió. Detrás esperaba el aya vieja de Amr, dispuesta a lavarla de nuevo y a vestirla.
– ¿Cómo te llamas? -insistió Ya'kub.
La niña volvió la cara para mirarlo.
– Fat'ma -dijo por fin, y se dejó arrastrar por el aya.
Era pronto. El tráfico por el puente de Qasr al-Nil, nunca excesivo en aquellos años, rodaba aún más ligero que de costumbre. Allá abajo, el río enorme se deslizaba con pereza hacia el delta; en sus orillas los niños chapoteaban, jugaban, reían, se retaban, llamaban la atención para que los demás los miraran tirarse de cabeza y al segundo reaparecían chorreando agua, con el pelo muy negro y los hombros cobrizos destellando al sol. Más allá, sus madres lavaban la ropa de rodillas y la sacudían contra las piedras de la ribera. Las falucas habían salido a pescar al centro del río y decenas de barcazas navegaban cargadas de caña, plátanos y sacos de yute, dejándose llevar por la corriente o remontándola tiradas desde la orilla por muías y asnos. Como cada día. Nada había cambiado salvo el mundo de Ya'kub.
En el interior del landó encargado por Amr hacía calor. El sol pegaba ya de plano sobre la visera del carricoche. Olía a orín de caballo.
