
Ya'kub, muerto de vergüenza, quiso aparentar complicidad con lo que él imaginaba era una sonrisa experta, pero el efecto mundano del gesto quedó desmentido por el violento sonrojo de sus mejillas. Amr hizo como que no lo veía.
– ¿Quién no pensaría, viendo estas cosas, que no somos unos salvajes? -Dejó de hablar y torció el gesto-. A lo mejor con razón… Porque, encima, para que la cosa resultara más típica, en el primer piso del teatro, sobre el proscenio, las mujeres del harén se escondían en tres palcos cubiertos por rejas y muselinas. -Hizo un gesto displicente con la mano, como si quisiera confirmar que los egipcios se tenían merecido el apelativo y que costumbres como la de los harenes y los eunucos no hacían más que subrayar esa fama de incivilidad.
Tonterías que contaba Amr con expresión seria y sonrisa irónica. A Ya'kub le encantaba oírle hablar con su afectada voz de bajo, aunque prefiriera la forma parsimoniosa de explicar las cosas que tenía su padre.
La ciudad seguía siendo pequeña cuando llegó a vivir en ella en otoño de 1921. Aún había, entremezcladas con las calles y plazas, grandes manchas de desierto, que más parecían gigantescos solares que otra cosa, y, aunque el calor era a menudo insoportable, el escaso tráfico y los numerosos jardines umbríos hacían que resultara agradable y hasta refrescante un paseo al atardecer. Desde la ventana de su habitación, en la planta superior del palacio, Ya'kub podía divisar, allá a lo lejos, al otro lado del río, las pirámides de Gizeh, solas, sin más compañía que las piedras del desierto, el sol de mediodía y la vigilante mirada de la Esfinge.
– ¿Por qué preparas en secreto tu viaje al desierto, padre? -preguntó.
– ¿En secreto? -se sorprendió. Hizo una mueca y por fin contestó con una sonrisa-.
