– ¡No puedes decirme eso!

– ¿No? Pues a eso me refería al decirte que Egipto son dos países distintos: uno de oropel que te pertenece porque eres hijo de tu padre el Bey, y otro de tierra, mugre, pobreza y corazón, que es el del Nilo -precisó, señalando el río que se deslizaba por debajo de ellos-, el de los camellos, los mullahs, los barrios viejos de El Cairo, los cafetines y el sexo libre de todas esas mujeres que, como Fat'ma, sólo pretenden una oportunidad de ser felices. Tú estás en los dos, Ya'kub, y predigo que los dos acabarán siendo tuyos.

– Pues vaya -contestó el chico con inesperado sarcasmo-. No me lo creo: de modo que voy a transformar Egipto y a apoderarme de mi tierra acostándome con las… con una… ¿cómo la llamas…?

– Puta, se llaman putas.

– Eso… -se sonrojó-. ¿Con cuántas hasta que el país sea mío? ¡Menuda tontería! ¿Y para eso me destruyes el corazón?

– Pero no seas melodramático, Ya'kub. Piénsalo un poco. No te he destruido nada… Simplemente te he allanado el camino. Ahora ya sabes de qué se trata, te ha sido desvelado el gran misterio del sexo. -Rio-. Lo único que he hecho es colocarte a tus quince años en situación de dejar de temblar como una hoja cada vez que te enfrentes con tu prometida -dijo «prometida» como si fuera cosa hecha y definitiva-, la princesa Nadia, y con el resto de la corte a la que, si Alá no lo remedia, acabarás perteneciendo.

– Sí, mi prometida. Ya no, Amr. ¿Y cómo me voy a poner delante de ella, cómo le voy a poder mirar a los ojos? Se dará cuenta de que la he traicionado. ¿Y yo? Cuando la mire a los ojos, ¿no estaré viendo los de Fátima?

Amr sonrió y le dio unas palmaditas en el hombro.

– Ése será nuestro secreto.

Capítulo 9



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