
— Eso no cambia en nada el horror que me inspira… sobre todo si realmente es el esposo de aquella a la que me consagré. En cuanto a la reina que va a venir, no podré quererla. Mi esposo se llevó la mayor parte de mi corazón, y sólo me queda de él lo justo para dedicarlo a mis pocos amigos. Además, la boda real está prevista para el seis o el siete de junio. Ese día hará exactamente cuatro años que Charles murió en mis brazos…
La voz se quebró. Conmovida hasta el punto de llorar, Sylvie se trató mentalmente de tonta, pero no cometió el error de precipitarse hacia Marie para abrazarla u ofrecerle unas palabras de consuelo que no servirían de nada: a Marie no le gustaba que nadie se interpusiera entre ella y su dolor. Únicamente Sylvie, tal vez, había podido medir lo profundo de la herida que desgarraba a la maríscala de Schomberg desde que su esposo apasionadamente amado, uno de los grandes militares del reinado de Luis XIII, había fallecido a los cincuenta y dos años, de resultas de numerosas heridas. Casi fuera de sí por la desesperación -si hubiera sido hindú se habría arrojado con gusto a las llamas de la pira fúnebre-, su viuda, una vez depositado el cuerpo en la iglesia de Nanteuil-le-Haudouin, fue a encerrarse en el convento de La Madeleine, cerca del pueblo de Charonne, y no salió de allí hasta pasados unos meses, para ir a su magnífico castillo, construido sobre unas ruinas de época feudal por Henri de Lenoncourt, y en el que Francisco I solía detenerse cuando se dirigía a Villers-Cotterêts. Allí quiso convertirse en la guardiana del esplendor y la gloria de los Schomberg; allí revivió las horas más bellas de una felicidad sin más nubes que las suscitadas por la pasión sombría del vencedor de Leucate y Tortosa hacia su radiante esposa. Pero ella vendió sin dudarlo al presidente d'Aligre la mansión parisina en la que Charles había vivido muy poco tiempo.
Muy pronto aquel instante de dolor pasó, dominado por la orgullosa mujer cuya belleza, a sus cerca de cuarenta y cuatro años, seguía radiante bajo los velos de un duelo riguroso que exaltaba por contraste la tez blanca y el cabello rubio. Se levantó para besar a su amiga y felicitarla:
