Atravesaba con lentitud el mayor de los salones cuando se escuchó una voz inquieta:

— No serán malas noticias, espero. Nos teníais inquietos.

Delgado, atractivo, elegante en sus ropas de terciopelo negro con las que contrastaban el gran cuello y las mangas de punto de Venecia, Nicolas Fouquet aparecía inscrito como un retrato de Van Dyck entre los filetes de oro del marco de la puerta. Con las manos tendidas, se adelantó rápidamente hacia su amiga, que le ofreció las suyas:

— ¡Tranquilizaos! Se trata más bien de una buena noticia, aunque contraria a mis proyectos: el rey quiere que forme parte del séquito de damas de la infanta, cuando sea nuestra reina. Debo reunirme con la corte en Saint-Jean-de-Luz…

El superintendente de las Finanzas llevó a sus labios las manos que tenía entre las suyas, con una exclamación de alegría:

— Es una magnífica noticia, mi querida Sylvie. ¡Por fin volvéis al lugar que os corresponde! ¡Ya basta de tener encerrada tanta gracia en el campo! Así os veré más a menudo…

— … Sin veros obligado, vos, siempre tan ocupado, a perder vuestro precioso tiempo por las carreteras. ¡Si supieseis cuánto aprecio esa prueba de amistad!

— En cambio, yo os veré menos -dijo Marie de Schomberg, acurrucada delante de la gran chimenea de mármol turquí.

— ¿Por qué? Os quiero demasiado para sacrificar el placer de estar a vuestro lado por no sé qué vida de corte; por otra parte, depende únicamente de vos…

— ¡No sigáis, querida! Sabéis muy bien que, fuera de Nanteuil o de vuestra casa, el único lugar que soporto en París es mi querido convento de La Madeleine. Ya no siento ningún cariño por la reina Ana, apenas conozco al joven rey y siempre he aborrecido a Mazarino…

— Está muy enfermo y no durará mucho tiempo, por lo que dicen -observó Perceval de Raguenel, que jugueteaba distraído con una pieza del ajedrez que Fouquet había dejado abandonado.



9 из 410