El joven provocó de todas las maneras posibles a Beaufort, llegó a tratarle de bastardo y cobarde y a exigir que el duelo fuera a muerte y a pistola, mucho más peligrosa que la espada, porque una reciente herida en la mano le dificultaba el manejo del acero. El encuentro tuvo lugar a las siete de la tarde, en el mercado de caballos situado detrás de los jardines, y ocho testigos se alinearon al lado de los dos adversarios.

La desesperación de Elisabeth fue inmensa: adoraba a aquel hombre, a pesar de que la había engañado de manera constante. Casi tan desolado como ella, François se encerró por algún tiempo con los cartujos; pero por la herida de Nemours se escapó una parte del amor que durante tanto tiempo había unido a hermano y hermana. Y el hôtel de Vendôme, en el que se refugió Elisabeth con sus hijas, permaneció cerrado a cal y canto para el involuntario homicida, a pesar del dolor de Françoise de Vendôme -madre de Elisabeth, François y Louis-, que esperaba que el tiempo acabaría por arreglar las cosas.

Pero las cosas no se arreglaron. Françoise se mantuvo voluntariamente apartado, a pesar de la desgracia que afligió a su hermano mayor. En 1657, la encantadora Laura, que había sido el primer motivo de disputa en el seno de la familia, murió en pocos días, dejando dos hijos a un esposo desesperado que se encerró en los Capuchinos con la intención de tomar el hábito. Si Beaufort se sintió compadecido de su hermano en aquellas circunstancias, no lo manifestó. Algún tiempo después, Mercoeur se convirtió en gobernador de Provenza, y allí defendió con energía los intereses del rey al reprimir con energía una revuelta en Marsella.

La familia recuperaba su brillo, debido en buena parte al casamiento con la sobrina de Mazarino que tanto había molestado a François. Así, el duque César había sido promovido al cargo de almirante que tanto deseaba su hijo menor, y si desde entonces apenas se le veía en París, ya no era como en otro tiempo debido al exilio, sino a que estaba en el mar, realizando un excelente trabajo. Ciertamente debía a Beaufort el haber sobrevivido, pero para éste aquello era un magro consuelo.



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