
Pensativa, Sylvie se dispuso a reunirse con sus invitados en uno de los nuevos salones del castillo ancestral que había acabado de reconstruir hacía dieciocho meses. La duquesa se había consagrado a aquella tarea, sabedora de la importancia que tenía para su marido, desde el momento mismo en que se dio cuenta de la pesada carga que había recaído sobre ella. Gracias a Dios, ya estaba hecho, y tenía que admitir que le había gustado ver elevarse, al borde de un estanque un tanto melancólico, la elegante mansión de ladrillos rojos y piedras de un suave color cremoso que el lápiz mágico de los hermanos Le Vau había dibujado en armonía con los verdes profundos y los cielos cambiantes del viejo Vermandois. Los vestigios conservados, y remozados de la antigua fortaleza dormitaban a poca distancia, junto a la capilla donde reposaban los antepasados Fontsomme y en la que Jean, el esposo de Sylvie, dormía su último sueño.
La construcción, carente de la excesiva suntuosidad del extraordinario palacio campestre de Nicolas Fouquet, uno de los mejores amigos de la familia, poseía en cambio líneas puras, materiales nobles y sobre todo mucha, mucha luz en las grandes estancias de dorados apagados, pinturas delicadas y tapices sedosos. El conjunto revelaba un gusto exquisito, digno en todos los aspectos tanto de sus dueños en el pasado como de los del futuro.
Precisamente quien encarnaba ese futuro corría hacia ella en camisón y con los pies descalzos para lanzarse a sus faldas con tanto ímpetu que hubo de abrazarse a ellas para no caer.
— ¡Mamá, mamá! Era un mosquetero el que acaba de marcharse, ¿verdad? ¿Qué venía a hacer?
— ¡Philippe! -le riñó ella-. ¿Qué haces vestido de esa manera? ¡Tendrías que estar durmiendo desde hace rato!
