— ¡Ya lo sé! Y el abate ha hecho todo lo que ha podido, porque me ha dado a leer ese libro enorme de Quinto Curcio, ¡tan aburrido! Pero no podía dormirme y he oído el galope del caballo…

— ¿Y te has levantado y has visto a un mosquetero? Eso demuestra que tienes buena vista, porque estaba cubierto de polvo. ¡Muy bien, ahora vuelve a acostarte!

Sin soltar a su madre, levantó hacia ella una mirada mimosa:

— ¡Oh, mamá, sabes muy bien que no podré dormirme nunca si no me cuentas nada! ¡No es culpa mía si soy tan curioso!

— No. Será entonces la mía -suspiró Sylvie, que no había olvidado el interés apasionado que sentía en su infancia por todo lo que le rodeaba-. ¡Vaya pues! -añadió al fin-. ¡Lee y vuelve a la cama!

Pero si había creído calmar al pequeño, se equivocaba. De inmediato éste se lanzó, con un entusiasmo desbordante, a improvisar un paso de baile que acabó con una gran reverencia.

— ¡Magnífico! ¡El rey, la corte, las fiestas…! ¡Recibid mis humildes parabienes, señora duquesa! ¡Vamos a ver mundo!

— Tú no vas a ver nada en absoluto, jovencito, más que el paisaje de todos los días y el colegio de Clermont en que ingresarás en cuanto empiece el curso.

El ardor de Philippe se apagó como la llama de una vela en una corriente de aire. Con cara de enfado, los ojos bajos y el entrecejo fruncido, preguntó:

— ¿No vamos contigo?

Estaba tan gracioso que Sylvie se echó a reír.

— ¡Claro que no! Muy pocas personas son invitadas a la boda del rey, y asistir supone un gran privilegio. Sería imposible presentarse con toda la parentela.

— Yo no soy tu parentela, soy tu hijo, como Marie es tu hija. Es bastante distinto, me parece.

Sylvie se arrodilló para abrazar aquel cuerpecillo reacio.

— ¡Tienes toda la razón, corazón mío! Sois mis hijos queridos, y lo sabéis… Pero Marie se quedará en la Visitation hasta las vacaciones, y tú irás a esperarme a Conflans con el abate de Résigny.



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