
— ¿Y con Monsieur de Raguenel?
— No. Quiero que me acompañe. No querrás que tu madre atraviese toda Francia, por así decirlo, sola… Pero si eres bueno, podrás venir a ver la entrada en París del rey y la nueva reina. ¿Te parece bien?
Le parecía bien, pero por nada del mundo iba a rendirse tan pronto, de modo que se dejó abrazar sin devolver el beso, antes de declarar en tono puntilloso:
— Sí… creo que me parecerá bien.
Luego, bruscamente, echó los brazos al cuello de su madre, plantó en su mejilla un beso enorme y desapareció a la carrera.
Sylvie vio como la menuda silueta blanca desaparecía tras la puerta del vestíbulo. Adoraba a aquel hijo de su remordimiento y de su pecado tanto como a su bonita Marie, confiada desde hacía un año a las Damas de la Visitation para completar una educación de la que se habían encargado, a lo largo de doce años, tres gobernantas después de que la fiel Jeannette se declarara desbordada. Sólo Dios sabe, sin embargo, lo que llegó a sufrir la joven duquesa de Fontsomme cuando advirtió que el corto momento de locura y divina felicidad vivido en brazos de François iba a dar fruto. Del mismo François que acababa de matar en duelo a Jean de Fontsomme, el esposo tiernamente amado por Sylvie…
Todavía se estremecía de horror al recordar los meses que siguieron a la muerte de Jean. Primero se sintió abrumada por la pena y por un terrible sentimiento de culpabilidad. Luego llegó la vergüenza, al descubrir que estaba encinta. En ese momento había creído volverse loca. Sin la atenta vigilancia de su padrino, que no se separó de ella desde el momento en que supo el drama de Conflans, tal vez habría atentado contra su vida o contra la de un hijo que no quería. Pero con la ayuda de la maríscala de Schomberg, a la que pidió auxilio, Perceval de Raguenel consiguió que la joven superara la crisis y atendiera a razones. Entre los dos la sostuvieron, pero fue la ex Marie de Hautefort quien encontró las palabras más convincentes, por ser las más brutales:
