— Si no queréis ese hijo dádmelo a mí, que nunca los tendré. ¡Pero no lo matéis! ¡No tenéis derecho a hacerlo!

— ¿Pero sí tendré el de criar bajo un nombre ilustre, al que no tiene ningún derecho, al hijo de mi amante?

— ¿Vuestro amante? ¿Por unos minutos de abandono, y cuando habéis amado a ese hombre desde vuestra infancia? La palabra me parece excesiva. Mirad las cosas desde otro punto de vista. Supongamos que ese infortunado duelo (¡otro nombre impropio, puesto que vuestra casa estaba siendo atacada!), que ese infortunado duelo nunca tuvo lugar. De todos modos estaríais embarazada. ¿Y qué diríais al esposo al que no habíais visto desde hacía varios meses?

— ¿Creéis que no lo he pensado? -dijo Sylvie apartando la vista.

— ¿Habríais confesado, o habríais… colado ese fruto incómodo?

— No. Habría confesado aun a riesgo de perderlo todo, porque creo que ese pequeño bastardo me habría sido infinitamente precioso. ¡Resolved como podáis mis contradicciones!

— ¿Habríais aceptado con gusto el castigo que creéis merecer? ¡Dejad las modas jansenistas para los señores de Port-Royal y pisad de nuevo el suelo! ¿Habéis olvidado las últimas palabras de Jean?

— ¿Olvidarlas? ¡Oh, no! Dijo… que iba a amarme en otro lugar.

— Luego ya había perdonado. Y más lo habrá hecho en el lugar donde está; y creo que su alma sufriría al veros cometer un crimen. Podéis estar segura de que prefiere con mucho que el niño nazca y viva con su nombre.

— ¿Incluso si es varón?

— ¡Con mayor razón! Su nombre continuará, y tal vez crecerá incluso con el aporte de la sangre de san Luis. ¡No seáis más remilgada que la reina!

Muy conmovida tenía que estar Marie para recordar de ese modo el temible secreto que compartía con Sylvie desde hacía tantos años. Por lo demás, no se extendieron sobre el tema. Sylvie reflexionaba.



5 из 410