— Entonces -se impacientó Marie-, ¿vais a darme ese hijo?

— ¿Lo decís en serio?

— Totalmente. No es un tema con el que me guste bromear. Yo me encargaré de convencer a mi esposo…

— ¡En ese caso, perdonadme! -concluyó Sylvie, corrió a abrazar a su amiga-. Creo que me lo quedaré.

— Y haréis bien.

Perceval dio su calurosa aprobación. Después de todo, muy pocas personas podían poner en duda la paternidad de Fontsomme. Aparte de Marie y de él mismo, a quienes lo había confesado Sylvie; de Pierre de Ganseville, el escudero de François, y de los ancianos esposos Martin, guardas de la finca de Conflans y enteramente fieles, únicamente el príncipe de Condé y su lengua viperina habrían podido resultar inquietantes, pero Monsieur le Prince había partido para Chantilly cuando Corentin Bellec se presentó en el campamento de Saint-Maur en busca de Fontsomme para que acudiera en auxilio de su mansión y de su mujer en peligro. En cuanto a quienes fueron testigos del duelo, se trataba en su mayor parte de mercenarios croatas que desconocían la lengua francesa. Aquello hizo confiar a Perceval por unos momentos en la posibilidad de hacer creer que Jean de Fontsomme había luchado con un saqueador desconocido al que había visto salir de su casa; pero también se encontraban allí dos o tres oficiales que conocían bien a Beaufort, y que por lo demás no habían visto nada fuera de lo común en el hecho de que dos gentileshombres que luchaban en bandos enfrentados cruzaran sus espadas. Fue preciso, por consiguiente, reconocer la responsabilidad del Rey de Les Halles, pero nadie había podido imaginar el motivo real del duelo. Nueve meses más tarde, la joven viuda daba a luz un hijo varón al que amó con todo su corazón desde el momento mismo en que lo colocaron entre sus brazos. Y por más que hubiera decidido vivir su luto alejada de la corte -lo que era muy comprensible por tratarse de un matrimonio tan unido-, el rey hizo saber que él mismo iba a ser el padrino, y que su madre, la reina Ana de Austria, sería la madrina.



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