Ese día, además del nombre real obligado por el protocolo, el bebé recibió el de Philippe, que había sido el de su abuelo el mariscal de Fontsomme. Sylvie no se atrevió a bautizarlo con el nombre de Jean, y dio como explicación que su esposo lo habría preferido así.

El bautizo tuvo lugar en el Palais-Royal, y fue la última manifestación de la corte en que tomó parte Sylvie.

Decidida a vivir apartada en adelante para dedicarse a sus hijos y a los vasallos del ducado, cerró su hôtel de la Rue Quincampoix y repartió su tiempo entre el castillo próximo a las fuentes del Somme y la finca de Conflans. Allí vivió las últimas convulsiones delirantes de una Fronda enloquecida: el enemigo de ayer se convertía en el amigo de mañana, y los príncipes se mataban entre ellos y arrastraban en su estela a una u otra fracción de un pueblo desorientado y cada vez más incapaz de reconocerse en alguno de los bandos en lucha.

El único gran acontecimiento en que apareció fue la coronación del joven rey. Aquel día -7 de junio de 1654-, viajó a Reims a fin de prestar, en la catedral iluminada, homenaje solemne en nombre de un pequeño duque de Fontsomme de apenas cinco años… El recibimiento de Luis XIV la conmovió profundamente:

— ¿No es un poco cruel, señora duquesa, huir de ese modo de quienes os aman?

— Únicamente huyo del ruido, Sire. Y ahora que los disturbios han terminado, el ruido y la alegría han de acompañar el alba de un gran reinado, en una corte llena de juventud…

— ¿A quién queréis hacer creer que sois vieja? No a vuestro espejo, supongo. ¿De modo que tendré que renunciar a teneros a mi lado?

— ¡No, Sire! El día en que Vuestra Majestad me necesite, siempre estaré dispuesta a responder a su llamada. Pero pienso -añadió al tiempo que se inclinaba en una profunda reverencia de corte- que ese día aún no ha llegado…



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