
El bautizo tuvo lugar en el Palais-Royal, y fue la última manifestación de la corte en que tomó parte Sylvie.
Decidida a vivir apartada en adelante para dedicarse a sus hijos y a los vasallos del ducado, cerró su hôtel de la Rue Quincampoix y repartió su tiempo entre el castillo próximo a las fuentes del Somme y la finca de Conflans. Allí vivió las últimas convulsiones delirantes de una Fronda enloquecida: el enemigo de ayer se convertía en el amigo de mañana, y los príncipes se mataban entre ellos y arrastraban en su estela a una u otra fracción de un pueblo desorientado y cada vez más incapaz de reconocerse en alguno de los bandos en lucha.
El único gran acontecimiento en que apareció fue la coronación del joven rey. Aquel día -7 de junio de 1654-, viajó a Reims a fin de prestar, en la catedral iluminada, homenaje solemne en nombre de un pequeño duque de Fontsomme de apenas cinco años… El recibimiento de Luis XIV la conmovió profundamente:
— ¿No es un poco cruel, señora duquesa, huir de ese modo de quienes os aman?
— Únicamente huyo del ruido, Sire. Y ahora que los disturbios han terminado, el ruido y la alegría han de acompañar el alba de un gran reinado, en una corte llena de juventud…
— ¿A quién queréis hacer creer que sois vieja? No a vuestro espejo, supongo. ¿De modo que tendré que renunciar a teneros a mi lado?
— ¡No, Sire! El día en que Vuestra Majestad me necesite, siempre estaré dispuesta a responder a su llamada. Pero pienso -añadió al tiempo que se inclinaba en una profunda reverencia de corte- que ese día aún no ha llegado…
