
— Puede que tengáis razón, porque todavía no soy de verdad el dueño de la situación. Pero llegará, podéis estar segura…
«Se diría que ha llegado», pensó ella, al recoger la orden real que Philippe había dejado caer al suelo.
Lo cierto es que no estaba segura de sus sentimientos. Es verdad que se sentía halagada, y también contenta de la fidelidad que mostraba un joven príncipe rodeado de aduladores a los afectos de su infancia; pero junto a todo eso se insinuaba un temor: el de encontrarse de nuevo frente a François de Beaufort, causa inicial de su búsqueda apasionada de la soledad…
¿No le había gritado que nunca volvería a verle en la vida, cuando se dejó caer sobre el cuerpo malherido de su esposo? Ese temor no lo sintió en el momento de la coronación; Beaufort expiaba sus locuras de la Fronda con el exilio en sus posesiones de Vendôme, y no había peligro de que ella se tropezara con él. Muy otra cosa sería la boda, porque el rebelde se había sometido y el rey había vuelto a concederle su favor, aunque con bastantes reticencias. ¿Iría a Saint-Jean-de-Luz, como lo autorizaba su rango de príncipe de sangre, aunque fuera en línea bastarda? ¿Se atrevería a afrontar el desdoro de ver fruncirse un entrecejo real? Era imposible responder esa pregunta. ¿Quién podía decir si, en el tiempo transcurrido, el atractivo de aquel demonio de hombre no habría conseguido que se desvanecieran los viejos prejuicios en su contra?
En cualquier caso, nada podía cambiar el hecho de que temía el instante en que sus ojos volvieran a verle. No era fácil moverse en la corte con los ojos cerrados. Más pronto o más tarde, los amantes de una hora volverían a encontrarse frente a frente, pero, gracias a Dios, Sylvie tenía tiempo para prepararse y conseguir no recaer bajo el poder del antiguo amor, cuyas brasas sabía muy bien que tan sólo se hallaban adormecidas bajo la ceniza del luto.
