
– ¿Dónde estoy, Arnie?
– Estás en el hospital, Rick.
– Eso ya lo sé, pero ¿por qué?
– ¿Cuánto hace que estás despierto?
Arnie encontró un interruptor y se encendió una luz junto a la cama.
– No lo sé. Unos minutos.
– ¿Cómo te sientes?
– Como si alguien me hubiera aplastado la cabeza.
– Por poco. Te pondrás bien, confía en mí.
Confía en mí, confía en mí. ¿Cuántas veces le había pedido Arnie que confiara en él? Lo cierto era que jamás había llegado a confiar en Arnie por completo y no había ninguna razón convincente para empezar a hacerlo en esos momentos. ¿Qué sabía Arnie sobre traumas craneales o cualquier otro golpe definitivo que pudieran haberle infligido?
Rick cerró los ojos y respiró hondo.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó, con un hilo de voz.
Arnie vaciló y se pasó una mano por la calva. Consultó la hora, las cuatro de la tarde, así que su cliente había permanecido inconsciente cerca de veinticuatro horas. No lo suficiente, pensó apenado.
– ¿Qué es lo último que recuerdas? -preguntó Arnie, apoyando los codos con cuidado sobre las barras laterales e inclinándose hacia delante.
– Recuerdo a Bannister viniendo hacia mí -contestó Rick, tras un breve silencio.
Arnie se pasó la lengua por los labios antes de contestar.
– No, Rick. Esa fue la segunda conmoción cerebral, la de hace dos años, en Dallas, cuando estabas con los Cowboys.
Rick lanzó un gruñido al recordarlo. Tampoco era un buen recuerdo para Arnie: su cliente estaba agachado en cuclillas en la línea de banda mirando a cierta animadora cuando la jugada que estaba desarrollándose en el campo se desvió hacia él y Rick, que no llevaba puesto el casco, fue arrollado por una tonelada de cuerpos en pleno vuelo. Los de Dallas se deshicieron de él al cabo de dos semanas y encontraron a otro quarterback de tercer equipo.
– Rick, el año pasado estabas en Seattle y ahora estás en Cleveland, con los Browns, ¿lo recuerdas?
