Rick lo recordó y el quejido fue aún más hondo.

– ¿Qué día es hoy? -preguntó, con los ojos abiertos.

– Lunes. El partido se jugó ayer. ¿No recuerdas nada? -Arnie se mordió la lengua para no añadir que, por el bien de Rick, eso sería lo mejor-. Iré a buscar a una enfermera. Estaban esperando a que te despertaras.

– Todavía no, Arnie. No te vayas. ¿Qué ocurrió?

– Lanzaste un pase y luego te placaron. Purcell cargó por el lado débil y te arrancó la cabeza. No lo viste venir.

– ¿Qué hacía yo en el campo?

Bueno, magnífica pregunta, la misma que había desatado la controversia en todos los programas de las emisoras deportivas de Cleveland y el Medio Oeste. ¿Qué hacía él en el campo? ¿Qué hacía él en el equipo? ¿De dónde cono había salido?

– Ya hablaremos luego de eso -dijo Arnie.

Rick estaba demasiado débil para protestar. Con gran reticencia, su dañado cerebro empezaba a funcionar lentamente tratando de sacudirse el coma de encima y despejarse. Los Browns. El estadio de los Browns, una gélida tarde de domingo, ante una asistencia de público que había batido récords. Las finales, no, más que eso: el título de la AFC.

El terreno estaba helado, duro como el cemento e igual de frío.

En la habitación había una enfermera.

– Creo que está empezando a reaccionar -le informó Arnie.

– Pues qué bien -contestó ella, con poco entusiasmo-. Iré a buscar al médico -añadió, aún menos entusiasmada.

Sin mover la cabeza, Rick la vio salir. Arnie hizo crujir los nudillos, preparándose para partir.

– Oye, Rick, tengo que irme.

– Claro, Arnie. Gracias.

– De nada. Escucha, no hay otra manera de decirte esto, así que seré sincero: los Browns han llamado esta mañana, Wacker, y, bueno… te han cortado.

Los cortes de final de temporada casi se habían convertido en un ritual anual.



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