
Pero el creciente estrépito que seguía las relucientes curvas de la línea 8 del tranvía procedía de varios miles de manifestantes: de los polígonos de la Juventud, la Esperanza y la Amistad, de los de la Estrella Roja, Gagarin y la Victoria Futura, e incluso de los de Lenin y del Ejército Rojo. Las que llevaban velas, las sostenían en el hueco entre el pulgar y el índice, a la vez que asían con fuerza el cazo o la sartén que habían traído; a cada golpe que daban sobre los cacharros con la cuchara o el cucharón que blandían en la otra mano, la llama de la vela temblaba, derramando un reguero de cera en sus mangas. No llevaban banderas ni gritaban consignas: eso era privativo de los hombres. En vez de ello, ofrecían un concierto de instrumentos metálicos. Y los millares de rostros iluminados por la luz amarillenta de las velas, que saltaban a cada golpe, recordaban un campo de girasoles. Las mujeres salían de la calle Stanov y estaban entrando ya en la plaza del Pueblo, donde los húmedos adoquines semejaban una enorme bandeja llena de brillantes bollos que se burlaran de ellas. Llegaron al macizo Mausoleo, a prueba de bombas, que albergaba el cuerpo embalsamado del Primer Líder, pero la manifestación no se detuvo allí, ni aumentó su volumen sonoro. Cruzó la plaza por delante del Museo Arqueológico, bordeó valientemente la requisada Oficina de Seguridad del Estado, desde donde el anciano atisbaba, sonreía y avanzaba su pie contra la línea blanca, y rodeó luego el elegante palacio neoclásico que hasta hacía poco había sido la sede del Partido Comunista. Varias ventanas de la planta tenían ahora cartones en vez de cristales, y en un ángulo del edificio un intento de incendio, tan entusiasta como falto de medios, había dejado en la fachada un ancho manchón negro que iba del segundo piso al séptimo. Pero las mujeres tampoco se detuvieron allí, excepto algunas, que se pararon un instante a escupir; esta práctica, que se había iniciado cautamente hacía cosa de un año y que, durante un tiempo, se convirtió en una necesidad nacional, hasta el punto de que al final de cada día era menester llamar a los bomberos para que limpiaran los adoquines con el agua de sus mangueras, había empezado ya a perder popularidad.