Aun así, fueron bastantes las mujeres que escogieron esa forma de expresar su desprecio por el Partido Socialista (antes Comunista), de manera que las pisadas de las que iban detrás resbalaron en los escupitajos del empedrado.

El firme ruido doméstico, trasunto del desconsuelo nacional y de los estómagos vacíos, pasó por delante del Hotel Sheraton, donde se alojaban los extranjeros ricos; algunos de los huéspedes miraban expectantes por sus ventanas, sosteniendo velas tal como les habían aconsejado, las cuales, por supuesto, eran de mejor calidad que las que ardían en la calle. Cuando comprendieron la causa de la protesta, algunos se retiraron al interior de sus habitaciones, pensando en la comida que habían dejado negligentemente en sus platos a la hora del almuerzo: taquitos de queso fresco del país, un par de aceitunas, media manzana, una bolsita de té usada solamente una vez… El recuerdo de su irreflexivo derroche les hizo sentir un breve rubor de culpabilidad.

Las mujeres tenían ahora ante sí un breve trayecto hasta llegar al edificio del Parlamento, donde esperaban ser detenidas por los soldados. Pero éstos, intimidados por la cada vez mayor proximidad del estruendo, se habían replegado ya tras las grandes verjas de hierro, cerrándolas y dejando fuera sólo dos hombres, uno en cada garita. Los guardias eran jóvenes reclutas de la provincia oriental, con el pelo recién rapado drásticamente y un limitado bagaje político; mantenían ambos su subfusil en posición horizontal frente al pecho, con la vista fija en algún punto encima de las cabezas de las mujeres, como si estuvieran absortos en la contemplación de un lejano ideal.

A su vez, las mujeres ignoraron a los soldados. No iban en busca de un intercambio de insultos y una provocación que les permitiera saborear el martirio.



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