
El anciano del sexto piso de la requisada Oficina de Seguridad del Estado estaba ahora ante su escritorio, dando buena cuenta de una chuleta de cerdo y leyendo el matutino Verdad. Oyó un ramal del ruido que regresaba hacia donde él estaba desde la sede del Partido Socialista (antes Comunista.) Dejó de comer para seguir atento cómo iba acercándose cada vez más estruendoso, cómo alcanzaba su punto culminante y cómo, finalmente, se alejaba debilitándose. La luz de la lámpara del escritorio daba ahora de lleno en el rostro del anciano. El soldado que le vigilaba a tres metros de distancia supuso que a Stoyo Petkanov le hacía sonreír algún chiste del periódico.
Peter Solinsky y su esposa Maria vivían en un pequeño apartamento del polígono de la Amistad (bloque 307, escalera 2), al norte de los bulevares. Cuando le nombraron fiscal general le ofrecieron un alojamiento más amplio, pero él declinó aceptarlo. Al menos de momento: le pareció que seria una falta de tacto admitir cualquier favor del nuevo gobierno mientras estaba acusando a su predecesor de un masivo abuso de privilegios. Maria encontraba absurdo este razonamiento. No le parecía bien que el fiscal general viviera en el sórdido cuchitril de tres habitaciones de un profesor de derecho y diera por sentado que su mujer tomaría el autobús. Además, era casi seguro que en algún momento del pasado la policía secreta había colocado micrófonos en su piso. Y ya estaba harta de que algún individuo con cara de memo estuviera escuchando, desde algún sótano mohoso, sus conversaciones y Dios sabe si incluso espiando las raras veces que la pareja hacía el amor.
