
Solinsky había ordenado que limpiaran de micrófonos ocultos el apartamento. Los dos hombres con cazadora de cuero asintieron con gesto de expertos cuando desmontaron el teléfono; pero su pequeño descubrimiento no satisfizo a Maria. Comentó que, para empezar, probablemente lo habían pinchado ellos mismos. Y, por supuesto, tenía que haber más: el teléfono era uno de esos artilugios que se supone que puedes encontrar por ti mismo e imaginarte así que estás a salvo. Pero siempre habría alguien interesado en saber de qué hablaba el fiscal general cuando llegaba a casa del despacho. En tal caso -había replicado Peter-, en cualquier nuevo apartamento al que se mudaran habrían instalado, probablemente, la última palabra en equipos de escucha, con lo cual el remedio sería peor que la enfermedad.
Había otra razón, sin embargo, para que Peter Solinsky prefiriera quedarse donde había vivido durante los últimos nueve años. Las ventanas de los apartamentos pares de su bloque daban al norte, a un horizonte de bajas colinas que, según los teóricos militares, habían servido como eficaz línea de defensa contra los dacios cuando la ciudad fue fundada hacía un par de milenios. En la loma más próxima, que Peter podía distinguir justo por encima de una capa de aire densa y de aspecto mantecoso, que se agitaba lentamente, se alzaba la Estatua de la Gratitud Imperecedera al Ejército Rojo Libertador: un heroico soldado de bronce, en actitud de avanzar con decisión el pie izquierdo, con la cabeza noblemente erguida y blandiendo por encima de ella un fusil con su reluciente bayoneta. Y, alrededor del pedestal, artilleros de bronce en bajorrelieve defendían la posición con resuelta ferocidad.
