
— ¿Significa eso que a la reina ya no le apetece veros? -repuso Richelieu con una leve sonrisa.
— Todavía no se lo he preguntado, pero es cierto que recibe menos. Y eso es muy natural en su estado de buena esperanza. ¿Qué hacemos, pues, monseñor? ¿Estoy arrestado?
Richelieu apreciaba el valor. Acostumbrado a ver temblar a las personas en su presencia, hasta el punto en ocasiones de ser incapaces de expresarse, decidió que podía hacerse algo mejor que enviar a aquel joven tarambana a la Bastilla. En el ejército conocían su excepcional bravura. Debía ser empleada en el servicio del Estado.
— No. Dadas las circunstancias, olvidaré lo que me acabáis de… confesar. Me gustaba mucho la pequeña Sylvie: era fresca, pura y recta como el salto de un riachuelo de montaña. Diré misas por ella, pero vos habréis de contentaros con la venganza que os habéis tomado con La Ferrière. ¡No os entregaré a Laffemas!
— ¿No vais a castigar a ese monstruo? -dijo François-. No sólo violó a Sylvie y la dejó en un estado deplorable, sino que también asesinó a la baronesa de Valaines, su madre, por no mencionar a las rameras que han aparecido en estos últimos tiempos degolladas y marca das con un sello de lacre rojo.
— Lo sé.
— ¿Lo sabéis? Y sin embargo mantenéis en prisión a un hombre de bien, el padrino de Sylvie, Perceval de Raguenel, al que Laffemas ha tenido el cinismo de acusar de sus propios crímenes.
El cardenal descargó el puño sobre el escritorio.
— ¡Basta! -exclamó-. ¿Quién os ha permitido gritar de ese modo en mi presencia? Sabed que el caballero de Raguenel ha salido de la Bastilla hace ya unos diez días, creo…
— ¿Cómo es posible?
— Renaudot, que resultó herido en el mismo lance, recuperó el sentido y me contó la verdad. Profesa una gran estima y amistad por el caballero de Raguenel.
