
Aquel amplio conjunto estaba gobernado por un hombre próximo a la sesentena, pero robusto aún. En su rostro redondeado, un poco alargado por la perilla puesta a la moda por Enrique IV, se afirmaban una nariz poderosa, ojos pequeños y vivos algo hundidos en las profundas arcadas superciliares, y una boca grande en todo momento curvada en una sonrisa maliciosa. Se llamaba Vincent de Paul y había nacido en una aldea pobre de las Landas como un sencillo campesino; nunca había querido abandonar la apariencia de sus orígenes salvo por una sotana, siempre la misma, raída por el paso del tiempo; pero era el regalo más bello que la región del Sudoeste había hecho a la Francia del buen rey Enrique. Su aspecto era rústico, pero tenía un alma luminosa habitada por un auténtico amor a Dios y los hombres.
También su camino en la vida había sido sorprendente. Se ordenó sacerdote muy pronto, lo que le permitió seguir los estudios a pesar de la penuria familiar, y la cultura adquirida a fuerza de trabajo le valió ser escogido como preceptor de los hijos de Philibert de Gondi, duque de Retz, general de las galeras, de las que fue nombrado capellán. El capellán, por otra parte, más extraño que nunca haya existido: un hombre que, al ver desvanecerse a un galeote bajo los azotes de un cómitre, exigió que se encadenase a éste en su lugar. Sin embargo, rechazaba los honores y un buen día abandonó a la ilustre familia de la que era confesor y partió con su hatillo para convertirse en cura de Châtillon, un pueblecito perdido en la región pantanosa de Dombe, azotado permanentemente por las fiebres, la miseria y la indiferencia de los aldeanos. Y allí, en seis meses, lo había cambiado todo, atrayéndose incluso la amistad de los protestantes. Sin embargo, los Gondi no le olvidaban: al morir la duquesa, su esposo entró en el Oratorio y legó a «Monsieur Vincent» -todo el país iba a darle ese nombre, como una consagración- el oro suficiente para fundar su congregación de los Sacerdotes de la Misión.
