— Cuando se apague el fuego y se enfríen las cenizas, buscad los restos de quienes se encuentran ahí dentro y dadles cristiana sepultura -ordenó-. Todo lo demás que consigáis recuperar será para vosotros.

Un anciano que parecía su portavoz se aproximó hasta casi tocar el cuello del caballo:

— ¿Habrá seguridad para nosotros, monseñor? El hombre que vivía ahí pertenecía a…

— ¿Al señor cardenal? Lo sé, amigo mío. Pero no por ello era menos criminal, y lo que acaba de ocurrir en esta casa, en la que demasiada sangre se ha vertido ya, ha sido la justicia de Dios. En lo que respecta a vosotros, sabed que no tenéis nada que temer: hablaré con el juez de Anet, y en París veré a Su Eminencia. ¡Tomad! -añadió, tendiendo al anciano una bolsa pesada y repleta-. ¡Repartíos esto! Pero no olvidéis rezar por las almas en pena de quienes han quedado encerrados ahí dentro.

Más tranquilo, el buen hombre hizo una reverencia y se reunió con los demás al tiempo que Beaufort marchaba al trote hasta el lugar donde le aguardaban su escudero Pierre de Ganseville, Corentin y los tres guardias que había llevado consigo al emprender su expedición punitiva.

— ¡Volvamos, señores! -les dijo-. Ya nada tenemos que hacer en este lugar.

Los aldeanos permanecieron largo tiempo al borde del camino. Finalmente el viento del oeste trajo gruesas nubes cargadas de lluvia; el chaparrón hizo silbar los rescoldos de aquel enorme brasero y dejó empapados a los silenciosos espectadores, que se apresuraron a refugiarse en sus casas para secarse mientras hacían el recuento de su reciente fortuna. Ya habría tiempo más tarde, cuando la lluvia les hubiese ahorrado la tarea de extinguir las brasas, para ir a ver lo que quedaba del castillo y dar sepultura a sus últimos habitantes con gran aparato de agua bendita para evitar que sus fantasmas volviesen a rondar el lugar. También sería conveniente dedicarles algunas oraciones.



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