— ¡Ah! -exclamó éste al verle aparecer-. ¡Ya os decía que no tardaría en aparecer! ¡Uno no corre a ver a su querida cuando sale de hablar con Monsieur Vincent!

— ¡Hijo mío! -exclamó Madame de Vendôme iluminada por la alegría-. Nos preguntábamos dónde podíais estar estos últimos tiempos, y os confieso que vuestra hermana y yo estábamos bastante preocupadas.

— No había motivo, madre -dijo François, que pasó de los brazos de su madre a los de Elisabeth-. Estaba en Anet. Recordad que os había hablado de mi deseo de alejarme de París.

— ¡No sin motivos! -exclamó Gondi en un tono compungido que el brillo burlón de su mirada desmentía-. ¡Y esa temporada en el campo os ha conducido directamente a parar entre las santas manos del señor de Paul! ¿Teníais tal vez algo que haceros perdonar?

— ¿Y vos? -replicó Beaufort, y sus ojos azules adquirieron un brillo amenazador.

— Oh, yo iba sencillamente a despedirme antes de un largo viaje que me dispongo a hacer a Venecia y Roma.

— No os sabía tan aficionado a los largos viajes. ¿Cómo os las arreglaréis lejos de la Place Royale y del Arsenal?

— A nuestro pobre amigo no le queda otro remedio -suspiró Elisabeth, que sentía cierta debilidad por aquella especie de duende con alzacuello-. El cardenal quiere alejarlo porque ha solicitado predicar en la corte, un honor que Su Eminencia reserva al señor de La Motte-Houdancourt, que es amigo suyo.

— ¡Cosa que yo no soy, Dios me aguarde! Siempre he dicho que, pese a sus aires de gran señor, es un mozo de cuerda. De modo que he elegido mi propio lugar de exilio antes de que él se tome la molestia de indicarme uno.

En Venecia tengo amigos, y en Roma veré al Papa. Pero antes -añadió con tono más serio- me dispongo a ir a Belle-Isle, a saludar a mi hermano.



21 из 357