Para sorpresa de su hermana, que lo observaba, Fran-cois enrojeció y dirigió al joven abate una mirada casi de espanto.

— Si vuestra ausencia será sólo momentánea, ¿tiene alguna utilidad ir a asustar a vuestro hermano y a vuestra cuñada con esos chismes de exilio?

— ¡No tienen un corazón tan sensible! Y es una norma de familia el mantenernos siempre informados de nuestros viajes… Al parecer no seguís el mismo principio, ya que vuestra madre y vuestra hermana ignoraban dónde estabais.

El duque se encogió de hombros, con mal humor.

— ¿De verdad es necesario enviar cartas de notificación para trasladarse a una posesión de la familia situada a unas veinticinco leguas de distancia? ¡Id a Belle-Isle, si os apetece! ¿Cuándo marcháis?

— Al cabo de tres o cuatro días: el tiempo de saludar a mi tío el arzobispo de París y… a algunas amigas. ¿Os contraría quizá que vaya a visitar a mi hermano?

— ¡En absoluto! Por mí podéis dar la vuelta a Bretaña para ir a Venecia, si os apetece.

— ¿Y si hablamos de otra cosa? -propuso Elisabeth con una vocecita angelical-. Hablemos de temas serios. ¿Sabéis, hermano, que estamos muy preocupadas por nuestra Sylvie? Hace tres semanas que ha desaparecido y todos, incluida la reina, ignoran qué ha sido de ella.

— ¿No habéis tenido ninguna noticia de ella desde entonces?

— Lo que sabemos resulta bastante inquietante. Jeannette, su camarera que la esperaba en el castillo de Ruellen el coche del caballero de Raguenel, vio cómo la subían (¡la raptaban, diría incluso!) a la carroza del teniente civil. Corentin, el criado del señor de Raguenel, robó el caballo de uno de los guardias y salió al galope detrás de la carroza. ¡Y tampoco nadie lo ha vuelto a ver!

— ¡Qué imprudencia, ir a meterse así en la boca del lobo! -exclamó Gondi-. Nunca es aconsejable mezclarse en sus asuntos, y mucho me temo que jamás volváis a ver a la muchacha… ni al criado.



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