— No pensaréis que la han encerrado en la Bastilla o en otra prisión -gimió la duquesa-. Mademoiselle de l'Isle no tiene aún dieciséis años, y Su Eminencia la invitaba a veces a cantar para él. Además, iba a verle para interceder por su tutor, acusado de crímenes tan horribles que era imposible creer que fuera culpable de ellos. El recuperó la libertad pocos días después de la desaparición de Sylvie. La inquietud está a punto de hacer perder la razón al pobre desdichado…

De improviso, una pesada atmósfera de angustia reemplazó a la calma del salón. Sensible como todas las naturalezas nerviosas, el abate se sintió afectado por ella y, como se consideraba suficientemente ocupado con sus propios problemas, se despidió con gracia, pero también con cierto apresuramiento. François agradeció su marcha. Sin embargo, la duquesa había perdido su aire afable y se mostraba nerviosa y preocupada.

— Estamos verdaderamente inquietas por Sylvie -dijo, tomando la mano que le tendía su hija-. Estos días pasados, monseñor de Cospéan ha obtenido audiencia del padre Joseph du Tremblay, que está muy enfermo pero se ha prestado de todos modos a intentar averiguar algo a través de su hermano, el gobernador de la Bastilla. Nuestro amigo ha recibido toda clase de seguridades por ese lado: la pobre chiquilla no está ni en la Bastilla ni en Vincennes.

— Lo cual tampoco es muy tranquilizador -dijo Elisabeth con un suspiro-, porque en ese caso, ¿dónde puede estar? Hemos pensado, por supuesto, en los subterráneos de Rueil, y en que el rapto en el patio no era más que una comedia. Pero nuestro hermano mayor piensa que en ese caso Corentin Bellec habría regresado.

— Y también nos ha apenado mucho que la reina, a quien hemos acudido, no haya querido preocuparse de una de sus doncellas de honor. Sólo piensa en su embarazo y no quiere oír hablar de ningún suceso triste.

François sonrió. De todo lo que acababa de oír, tan sólo le importaba una información: que la eminencia gris, el consejero más secreto y más fiel de Richelieu, caminaba hacia su fin, y eso no era una mala noticia. Todo lo que debilitase a su enemigo le alegraba. Pero como su sonrisa pareció extrañar a «sus mujeres», se apresuró a borrarla y a preguntar:



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