— ¿Dónde está Jeannette? Me gustaría hablar con ella…

— No está aquí -respondió su madre-. Marchó cuando Perceval de Raguenel volvió a su casa. Ha querido ir a su lado y compartir con él esta terrible prueba. Da pena ver al pobre…

François no tuvo tiempo de comentar las últimas palabras: entró el mayordomo y anunció un correo del rey, lo que enfrió ligeramente el ambiente, como si la severa silueta de Luis XIII acabara de inmiscuirse en el círculo familiar. El correo, un oficial de caballería ligera, traía un pliego cerrado con un sello de lacre rojo.

— De parte del rey para el señor duque de Beaufort -dijo con una inclinación, después de haber barrido la alfombra con las plumas rojas de su sombrero. Después de entregar su mensaje se retiró, dejando a las dos mujeres llenas de curiosidad.

Nervioso, François hizo saltar con un dedo el delgado sello con las armas de Francia y abrió el mensaje; a medida que leía, su rostro se fue ensombreciendo.

— El rey me envía a Flandes, a reunirme con las tropas del mariscal-duque de Châtillon, madre… Debo partir en cuanto mi equipaje esté listo.

— ¿Os envían a la guerra, hijo? Pero yo creía…

— ¿Que el rey desdeñaba para sus armas la sangre de los Vendôme? Por lo visto, el cardenal no piensa como él…

— ¿Y vuestro hermano?

— No hay aquí ninguna indicación sobre Mercoeur. Puede quedarse tranquilamente en París. Cosa que por cierto no le envidio, y no os oculto que en otras circunstancias me sentiría muy feliz de ir a respirar el olor de la pólvora; pero habría preferido que fuera más tarde. Por eso, algo me dice que detrás de esta orden está la mano del cardenal. No le gusto, y si un mosquete español pudiera desembarazarle de mí, se sentiría feliz…



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