— ¡No digáis esas cosas! -exclamó Elisabeth-. No vais a…

— ¿A hacerme matar? No tengo la menor intención de conceder ese placer a Su Eminencia… Por el momento, madre, os, estaré muy agradecido si atendéis a los preparativos de mi marcha. Que se ocupe Brillet. Yo debo marcharme y me llevo a Ganseville.

— ¿Vais a salir tan tarde? Pero…

— No os alarméis. Una simple visita, y no durará mucho tiempo.

Cuando se hubo marchado, Elisabeth se acercó a su madre, que había palidecido y murmuraba:

— ¿Adónde irá? Espero que no se meta en más complicaciones…

La joven tomó su mano y la colocó sobre su fresca mejilla.

— Se diría que no lo conocéis, madre. ¿Puede irse de París sin despedirse de alguna bella dama? Siempre se habla, al respecto, de Madame de Montbazon, pero a mí no me parece que haya nada entre ellos. ¿Tal vez Madame de Janzé?

François no iba a ver a ninguna de las dos. Amaba demasiado a la reina para entregar su corazón a otra mujer. Por el momento recorría, seguido por Ganseville, la Rue Saint-Honoré; luego tomó la de la Ferronnerie y la des Lombards, la una a continuación de la otra, y finalmente la Rue Saint-Antoine en dirección a la Bastilla, atravesando de ese modo París en toda su longitud y pasando de largo la Rue Saint-Thomas du Louvre, donde se alzaba el hôtel de Montbazon. Pero bastante antes de llegar a la vieja fortaleza, dobló a la izquierda por una calle bastante estrecha, desmontó ante un pequeño edificio de bella apariencia y, sin esperar a que se encargara de ello su escudero, fue él mismo a tirar de la campanilla del portal.

— Anunciad al señor caballero de Raguenel que el duque de Beaufort desea hablar con él. Por más que la hora sea impropia, tengo que decirle algo de la mayor urgencia -dijo al portero, que salió asustado a la carrera, dejando a los dos hombres entrar por su cuenta en el patio.



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