— Tenía entendido que pensabais esperar un poco antes de verle -observó el escudero.

— No tengo tiempo. Me marcho a Flandes por la mañana…

— Nos marchamos a Flandes -corrigió Ganseville-. ¡Vaya, es una buena noticia!

— No; lo he dicho bien: me marcho. Tú te reunirás conmigo más tarde. Tengo una misión para ti…

— ¿Adonde he de ir? -preguntó Pierre, decepcionado.

— Al lugar del que venimos… pero no irás solo: acompañarás a una joven a la que ya conoces y de la que cuidarás con tus cinco sentidos. Habría querido hacerlo yo mismo, pero el rey y su ministro han dispuesto otra cosa.

— ¿Me mandáis otra vez a Bretaña?

— Exactamente. Y llevarás contigo a Jeannette. Yo creía que estaría con mi madre, pero al parecer ha venido a hacer compañía al señor de Raguenel desde que salió de la Bastilla…

Se interrumpió. Perceval acudía, y François se sorprendió al ver el cambio producido en tan poco tiempo: su atuendo, siempre tan cuidado a pesar de su gusto por la sencillez, era el mismo, pero bajo la espesa cabellera rubia que la cercanía de la cuarentena empezaba a platear en las sienes, el rostro había perdido su expresión despreocupada, y los ojos su viveza. El dolor había marcado con su garra cada uno de sus rasgos, y François se reprochó no haber acudido antes a visitar a aquel antiguo escudero de su madre y amigo de su infancia. Sus ojos grises estaban abiertos de par en par y le interrogaron tanto como la voz:

— ¿Vos aquí, monseñor…? ¿Venís a darme la noticia que más temo?

Beaufort le tomó las manos, siempre tan firmes, y notó que temblaban.

— ¡Entremos! -dijo con dulzura-. Lo que he de deciros no está hecho para el viento de la noche.



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