Mientras Ganseville le informaba de las últimas noticias de la capital, una joven camarera bretona, vestida con el traje regional, llevaba a Jeannette a la habitación de la duquesa, que desayunaba después de la comunión. Diez años más joven que su marido, del que también era prima hermana, hija del anterior duque de Retz -el título había pasado de la rama mayor a la menor- y hermana de la duquesa de Brissac, Catherine de Gondi habría sido considerada bella si la austeridad de sus costumbres y cierta dosis de avaricia no hubiesen impregnado de una rigidez peculiar sus rasgos finos y delicados. Recibió a Jeannette como se recibe a una criada, es decir que la dejó de pie mientras ella seguía mojando trozos de pan en un tazón de leche, sin dejar por ello de examinar a la recién llegada. Como no esperaba otra cosa, la muchacha no se incomodó, pero no pudo dejar de pensar que también a ella le habría gustado un tazón de leche. La duquesa se limpió la boca con una servilleta bordada y dijo por fin:

— ¿Sois la camarera de la pequeña que nos ha confiado el señor de Beaufort? ¿De dónde procedéis, hija mía?

— De Anet, señora duquesa; allí nací, y allí, muy joven, entré al servicio de Mademoiselle de l'Isle. Después la acompañé a la corte, cuando ella se convirtió en doncella de honor de Su Majestad la reina…

— ¡Se nota! No tenéis un aire rústico. Pues bien, hija mía, sabréis que vuestra ama se encuentra en un estado calamitoso. Según me han contado, fue raptada por un secuaz de Richelieu que había perseguido en otro tiempo a su madre con un amor abominable, y entregada por él a otro compinche, que cedió después sus derechos maritales al primer personaje, el cual usó de ellos de una manera absolutamente deplorable…



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