El sucinto relato, narrado con un tono indiferente, horrorizó a Jeannette, que exclamó:

— ¡Oh, Dios mío! ¡Y yo que no sabía nada! ¡Pobre…, pobre niña! Pero ¿por qué entonces el señor François…, quiero decir, monseñor el duque de Beaufort, la ha traído aquí?

— Porque si bien el duque ha eliminado al marido, tiene aún que deshacerse del principal verdugo, cosa que no es fácil. Esta desventurada necesitaba un refugio alejado, secreto y sobre todo situado fuera del radio de acción de los hombres del cardenal. Belle-Isle nos pertenece en propiedad. Es una tierra soberana y ni siquiera los hombres del rey pueden tener acceso aquí sin nuestro consentimiento.

Jeannette comprendió, pero no por ello deploró menos en su fuero interno que la pobre Sylvie hubiese sido confiada a aquella mujer que era tal vez una cristiana ejemplar, ya que había recibido las enseñanzas de Monsieur Vincent, como su esposo, pero que no parecía haber extraído de ellas mucho provecho en lo relativo al capítulo de la caridad.

— Debe pasar por muerta… por lo menos mientras viva el cardenal -concluyó Madame de Gondi-, y esta isla del fin del mundo ha debido de parecerle ideal al señor de Beaufort.

— ¿Puedo pedir a la señora duquesa que me permita ir a su lado? Estoy impaciente por empezar a cuidar de ella y juzgar por mí misma el estado en que se encuentra.

— No es excelente. Naik os llevará. Pese a lo que piense el señor de Beaufort, recibimos con frecuencia visitas. Demasiadas para mi gusto porque, como ella vivía en la corte, alguien podría reconocerla. De modo que la hemos aposentado en el pequeño pabellón del extremo del jardín. Vive allí, atendida por la vieja Maryvonne, que estuvo al servicio de la difunta Madame de Gondi, mi suegra, y de ese muchacho, ese Corentin que estaba al servicio de su… ¿tío, tal vez?

A Jeannette le dio un vuelco el corazón. ¡Corentin! ¡También Corentin estaba allí! «Su» Corentin, puesto que era su prometido desde siempre. Y aquella bocanada de alegría mitigó un poco el disgusto que le había causado la exposición de los hechos por parte de la duquesa, tan seca y desprovista de compasión.



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