Más tarde, mientras Ganseville regresaba al castillo para acabar de arreglarlo todo con Gondi, Jeannette hacía milagros. Había abierto los postigos, se había procurado todo lo necesario para lavar a fondo a su joven ama, que lo necesitaba mucho, la había obligado a tomar un poco de sopa y algunos bizcochos que Corentin había ido a buscar a las cocinas, y luego, apartando de un empujón a la vieja Maryvonne cuando quiso impedirlo, llevó a Sylvie, ataviada con un vestido púrpura y bien peinada, a dar un breve paseo bajo los árboles para «enseñarla de nuevo a respirar» aprovechando la aparición de unos rayos de sol. En cuanto a Pierre de Ganseville, se multiplicó.

A la mañana siguiente, un carricoche utilizado para el aprovisionamiento del castillo fue a buscar a Sylvie y Jeannette, con los pocos enseres que poseían. Ganseville conducía.

— ¿Adónde vamos? -preguntó Jeannette-. Y ¿dónde está Corentin?

— Está en el sitio al que vamos, ocupado en terminar los preparativos para recibiros.

— ¿Abandonamos esta casa? -preguntó Sylvie con un acento de esperanza muy parecido a la alegría.

— Si monseñor François hubiera podido suponer que os encerrarían ahí dentro, nunca os habría traído a este lugar, puedo asegurároslo. Es lo mismo que le he dicho al señor de Gondi, el cual no sabía nada del estado al que os habían reducido. En adelante, viviréis en una casa propia, al otro lado del pueblo y la ciudadela, lejos de este castillo. Os encontraréis mejor y tendréis libertad.

La marcha tuvo lugar en presencia únicamente de la vieja criada. La duquesa, a un tiempo aliviada y molesta, no apareció. En cuanto al duque, se había trasladado a Locmaria, en el extremo oriental de la isla, para inspeccionar unas fortificaciones que estaba construyendo allí. Sylvie estaba contenta de apartarse de aquella mujer que había prometido a François velar por ella. Cualquier lugar adonde fuera, incluso una choza, sería preferible al hogar de la duquesa.



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