
Pero no se trataba de una choza, sino de una pequeña casa construida antaño por los monjes de la abadía de Quimperlé cuando, antes que los Gondi, poseían Belle-Isle. A Sylvie le gustó desde el primer momento.
Situada junto a un bosquecillo de pinos que dominaba una cala, constaba de una gran sala y tres pequeñas habitaciones que habían sido en tiempos celdas monásticas. Sin duda los monjes habían sido personas desconfiadas, porque su residencia estaba protegida por una sólida puerta, rejas de hierro forjado en las ventanas y un alto murete alrededor de lo que había sido un jardín. Además, un molino desplegaba sus aspas a la misma altura, en el otro lado de la playa.
Sylvie dio un gritito de alegría al descubrir el inmenso panorama de rocas y agua que se extendía a sus pies. La marea baja dejaba al descubierto las piedras planas de la punta de Taillefer que avanzaba profundamente hacia el norte, como para enlazar con las defensas naturales, las rocas y los bajíos de la península de Quiberon. Entre una y otra, un brazo de mar con fama de peligroso, la Teignouse, permitía el paso de los buques. Eran todos nombres que Sylvie desconocía aún, pero que muy pronto iban a serle familiares. Empezando por el lugar mismo en que se encontraba.
— Se llama puerto del Socorro -le explicó uno de los dos aldeanos que Corentin había reclutado para ayudarle a instalar la nueva casa-. El nombre se debe a que aquí era posible encontrar la ayuda de los monjes contra las miserias del naufragio y las enfermedades de la tierra.
— ¿Por qué se marcharon los monjes?
— No se entendían bien con los soldados de la ciudadela. Y además el priorato está ahora en Haute-Boulogne, de dónde venimos. No tenían nada que hacer aquí.
