Después de informarse, Sylvie fue a sentarse sobre una roca para contemplar el paisaje. En adelante iba a vivir frente al mar, compartiendo su respiración, al ritmo de sus humores violentos o perezosos, y se encontraría así más próxima a François, que tanto amaba el gran océano que había acunado sus sueños de niño: «Es en Bretaña donde está más bello. No puede comparársele el Mediterráneo, tan azul, sedoso y pérfido -decía quien llevaba entonces el título de príncipe de Martigues-. El mar del sur es mujer, el océano pertenece a los héroes, ¡es varón, es el rey! Cuando estoy frente a él, puedo pasar horas contemplando sus azules, sus verdes, sus grises, sus estallidos nevados y su poderoso oleaje…» Sí, Sylvie se encontraría bien en ese lugar mientras esperaba a que su vida rota recuperase un curso más normal…

La brisa que soplaba de tierra le llevó un grato aroma de pescado a la brasa y despertó un apetito que creía desaparecido para siempre. Se levantaba ya para seguir la dirección que le indicaba su olfato, cuando encontró a Ganseville, que bajaba por el camino.

— Venía a buscaros -dijo de buen humor-. Es hora de sentarse a la mesa. ¿Tenéis apetito?

Obtuvo así la primera auténtica sonrisa, algo maliciosa, de la pequeña Sylvie de otras épocas.

— Sí. Diría más bien que me estoy muriendo de hambre. Pero decidme, señor de Ganseville, esta casa…

— Es vuestra. Tenía órdenes de comprar un pequeño inmueble en el que os sintierais verdaderamente en vuestra casa. Monseñor se ocupó únicamente de lo más urgente al traeros aquí, y pensaba volver en persona. Por mi parte, he cumplido ya mi tarea y partiré con la marea de la tarde.

— ¿Vais a reuniros con él?

— Sí, en algún lugar de Flandes. Sé que me espera con impaciencia, pero esta vez os dejo en buenas manos.

— ¡Una cosa más, señor de Ganseville! ¿Sabéis algo del caballero de Raguenel, mi padrino, que estaba en la Bastilla?



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