
— Espero que no lo pongáis en duda. Pierre de Ganseville, que acaba de salir, vigila detrás de esa puerta cerrada.
— He venido a hablaros de Sylvie. ¿Dónde está?
— ¡Qué pregunta tan estúpida! ¿Acaso no lo sabéis? -gruñó él, súbitamente irritado.
— No. Sé dónde dicen que está, en la capilla de Anet, no dónde se encuentra en realidad. Porque está viva, ¿no es así?
— ¿Quién os ha metido semejante idea en la cabeza?
— Primero, el joven marqués D'Autancourt, que se niega a creer en su muerte porque el inmenso amor que profesa a Sylvie le susurra que ella vive todavía.
— ¡Qué tontería! -exclamó Beaufort, rojo de cólera-. Ese joven inexperto sueña despierto, ¡y toma sus sueños por la realidad! ¡Deberían sumergirle la cabeza en un cubo de agua fría!
Marie se echó a reír.
— Ese joven inexperto, querido duque, sólo tiene dos años menos que vos, pero desde el punto de vista moral cuenta con diez años más. Cuando dice que ama a alguien, puede dársele crédito. Y creedme, ama a Sylvie.
— ¡Es una locura! Y lo que es más, peligrosa para su propia razón. ¿No puede contentarse con llorarla, en lugar de dedicarse a chismorreos estúpidos?
— Habló conmigo en privado. Yo no llamo a eso chismorrear. En cuanto a los peligros de esa locura, me parecen menores que los de la vuestra.
— ¿Estoy loco yo? Verdaderamente, señora, me repetís lo mismo cada vez que nos encontramos, pero deberiáis comprender que en este momento mi pretendida locura es inofensiva para cualquiera, ¡y sobre todo para aquella que ya está olvidándome!
— ¡Un momento, amigo mío! No nos entendemos. Recordad que no estamos hablando de la reina, sino de Sylvie, y os digo que al declararla muerta habéis atendido posiblemente a lo más urgente, pero habéis cometido una locura… Y no soy yo la única que lo afirma.
Del corsé de encaje blanco en el que reposaban sus arrebatadores senos, Marie extrajo una carta con el sello roto, que agitó delante de las narices de su anfitrión, quien preguntó de mala gana:
