
— Me ha parecido que la ocasión bien merecía una entrevista. Por lo demás, nadie en la corte ignora que soy incondicional vuestra. La reina y Madame de Hautefort no pierden ocasión de hacérmelo sentir…
— ¿Qué me traéis?
— Una copia que he hecho de una carta que Madame de Hautefort recibió de Lyon al día siguiente del nacimiento de monseñor el delfín, pero que había llegado a Saint-Germain un poco antes. Su reacción fue muy interesante. Se precipitó al hôtel de Vendôme, donde el señor de Beaufort estaba solo.
Con ceño, el cardenal leyó el texto que le fue presentado. Luego levantó la mirada hacia su visitante, que lucía un vestido de terciopelo de un rojo oscuro que hacía plena justicia a su belleza morena.
— ¿Y qué habéis concluido de esta carta? -preguntó con tono cortante.
— Pues… que la tan dramática desaparición de Mademoiselle de l’Isle podría no serlo tanto como se ha querido presentar. A pesar de las medias palabras, por lo demás muy transparentes, que emplea el abate, no veo que pueda tratarse de ninguna otra persona de la corte… Lo que me gustaría saber es qué esconde todo esto…
El cardenal guardó silencio, se levantó de su mesa de trabajo y se acercó a la alta chimenea en que ardía el gran fuego que requería su frágil salud. Tomó en sus brazos su gato favorito que dormía allí, enroscado sobre un cojín, y frotó su cara contra aquel pelaje sedoso. Su mirada se perdió entre el flamear del fuego.
— ¡A mí no me interesa ese asunto! -dijo en tono seco-. Y os estaré agradecido, Mademoiselle de Chémerault, si olvidáis que habéis leído esta carta…
— Pero es que…
— ¿Tendré que decir que os lo ordeno? Sé todo lo relacionado con Mademoiselle de l'Isle y no deseo que se prosiga una investigación que, en cierta forma, perjudicaría mis proyectos…
Con lentitud majestuosa, se volvió hacia la joven, que no podía disimular su decepción, y su mirada imperiosa la atravesó.
