
— Detestáis a Mademoiselle de l'Isle, ¿verdad? ¿Es a causa del joven D'Autancourt?
Una brusca cólera enrojeció el rostro de la doncella de honor.
— Me parece que es razón suficiente. Antes de conocerla, él galanteaba conmigo, y aún no he renunciado a convertirme en duquesa.
— ¿Habéis hablado a alguien de esta carta?
— Sabéis muy bien, monseñor, que primero hablo con Vuestra Eminencia.
— Así lo tengo entendido. En tal caso, olvidad la carta.
— Pero…
Una sola mirada bastó para hacerla callar; luego, con tranquilidad, el cardenal lanzó el papel al fuego. Sumisa pero furiosa, ella se inclinó en una reverencia a la que él respondió con un gesto de la cabeza antes de volver asentarse a su mesa de trabajo, apoyando en el respaldo de la silla su cabeza cansada.
— ¡Pobre avecilla canora! -murmuró-. Si Dios, en su compasión, ha querido que sobrevivas a la espantosa suerte que los hombres te habían destinado, y si El te ha evitado el pecado mortal del suicidio, no seré yo quien vaya contra su Santa Voluntad. ¡Vive en paz… si puedes!
La entrada de un religioso interrumpió sus cavilaciones.
— Pregunta por vos, monseñor.
— ¿Ha empeorado?
— No, su espíritu está claro, pero se agita mucho.
Siguiendo al hábito de paño buriel agrisado, Richelieu entró en un pequeño aposento algo apartado de la planta baja, compuesto por una biblioteca y una celda monacal. Allí transcurrían los últimos días de un anciano de larga barba gris. El padre Joseph du Tremblay, a quien llamaban la Eminencia Gris, no tenía una edad muy avanzada pero a sus sesenta y un años agonizaba, consumido por una extraña epidemia de fiebre que también había afectado al propio rey y a buena parte de sus mosqueteros y soldados de caballería ligera, y también por el trabajo incesante de un cerebro implacable, apasionadamente volcado en los asuntos de Estado. Aquel hijo de un embajador, que había soñado con una nueva cruzada y consagrado su vida a la lucha contra la casa de Austria, era el consejero más valioso del cardenal.
