
Cuando éste entró en su celda, casi cayó al suelo al intentar incorporarse en su jergón, y tendió al ministro una mano amarilla y seca que temblaba.
— ¡Brisach! -jadeó-. Brisach… ¿Cómo estamos?
La toma de aquella importante fortaleza, cabeza de puente sobre el Rin y que bloqueaba el acceso de los imperiales a Alsacia y la comunicación con los Países Bajos, era la pesadilla de los días y las noches del anciano. Veía en ella una especie de remate de su obra política, pero, sitiada para el rey de Francia por uno de sus mejores soldados, el duque Bernardo de Sajonia-Weimar, y por sus mercenarios alemanes, la plaza se defendía con denuedo.
Richelieu sonrió, tomó la mano extendida y la sujetó entre las suyas.
— Las últimas noticias son buenas, amigo mío, calmaos. Hemos cerrado la pinza sobre Brisach y la plaza, que carece de víveres y agua. No se nos escapará. Su caída es sólo cuestión de días…
— ¡Ah…! ¡Dios todopoderoso…! ¡Necesitamos Brisach! Un fracaso echaría a perder todo el esfuerzo hecho en esta guerra interminable. España se recuperaría…
— No tiene la menor posibilidad de ello. Nuestros ejércitos avanzan en todos los frentes…
El cardenal tomó asiento en un escabel junto al lecho de su viejo compañero, que, presa de una especie de frenesí, pasaba revista a todos los teatros de operaciones de la interminable contienda que pasaría a la historia con el nombre de Guerra de los Treinta Años, y que enfrentaba desde 1618 a la corona de Francia con la enorme coalición de los Habsburgo, los de España y los austríacos.
Siempre es doloroso constatar los estragos provocados por la vejez y el progresivo desgaste en una gran inteligencia, y al cabo de un rato el cardenal no pudo seguir soportándolo. Se fue aduciendo que quería ver si llegaban nuevos despachos, y se llevó con él al médico religioso que atendía al padre Joseph.
