— ¿Cuánto tiempo le queda? -preguntó cuando se encontraron fuera del alcance de los oídos del enfermo.

— Es difícil de decir, monseñor, porque tiene una constitución vigorosa y ansias de vivir, pero su espíritu, como habéis podido constatar, empieza a hundirse en las tinieblas de la senilidad. El cuerpo no resistirá. Digamos… un mes. Tal vez dos.

— ¿La curación está excluida?

— No sólo la curación, sino cualquier forma de mejoría… a menos que Dios opere un milagro…

— Vos no lo creéis, y yo tampoco.

A pesar de que desconfiaba de la ciencia de los médicos laicos, Richelieu tenía confianza en aquel capuchino que, antes de tomar los hábitos, había estudiado en varios países la medicina árabe y la de los judíos. Rara vez se equivocaba. De modo que el padre Joseph iba a morir antes de que terminara el año…

De vuelta en el silencio de su gabinete, Richelieu reflexionó largamente, reclinado en su sillón y con los ojos cerrados. Adivinaba sin esfuerzo lo que sucedería al día siguiente de su muerte si no tenía la precaución de formar a un sucesor. Y como ignoraba de cuánto tiempo disponía, necesitaba elegir a un hombre de espíritu vivo y profundo a la vez.

Sabía desde hacía algún tiempo quién respondía mejor a esas condiciones, pero todavía no se había decidido a dar el paso porque el hombre en cuestión era la antítesis del padre Joseph: mundano, seductor, y un eclesiástico de boquilla (nunca había sido ordenado sacerdote). Lo había visto en acción como nuncio del Papa en el asunto de Cásale y recordaba todavía la alegría que le había inundado al encontrarse frente a aquel monsignore, tan sonriente como grave era él mismo, con el que las conferencias se convertían en un verdadero placer. Al descubrir además que aquel hombre amaba a Francia hasta el punto de de-sear adquirir su nacionalidad, pensó que había llegado el momento de reclamarlo.



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