
Así pues, desdeñando llamar a su secretario, escribió de su puño y letra al Papa para rogarle que le enviara, en el más breve plazo, a monsignore Giulio Mazarini, a quien pensaba convertir en su sucesor.
La carta era franca y directa. Richelieu no ignoraba que en política ocurre que la verdad cruda tiene mayor peso que los más hábiles rodeos diplomáticos. A Urbano VIII le complacería sin duda ver a una de sus criaturas tomar el poder en Francia. Para la Santa Sede, aquélla sería una baza nada desdeñable… Por su parte, Richelieu estaba seguro de que, bajo su dirección, Mazarini se haría francés y se aferraría a su obra como el perro se aferra al hueso…
Una hora más tarde, un mensajero partía para Roma a galope tendido. En adelante, la suerte estaba echada.
Unas semanas más tarde, la Eminencia Gris moría con una sonrisa en los labios. Para apagar la angustia que ensombrecía su agonía, la Eminencia Roja había ido a anunciarle, con todas las señales de la más viva alegría, que Brisach acababa de caer. De hecho, Brisach no cayó hasta unos días después, pero el padre Joseph du Tremblay murió feliz…
El mismo día en que el correo del cardenal tomó el camino de Roma, un billete anónimo destinado al teniente civil fue entregado por un pillete en el cuerpo de guardia del Grand Châtelet en el que estaban instalados sus servicios. Con una letra desfigurada, el misterioso -o misteriosa- corresponsal informaba de que «la que dicen muerta no lo está, sino que se esconde en un lugar conocido sólo por el duque de Beaufort y el abate de Gondi. Un problema divertido para un hombre experimentado…».
Con gesto nervioso, Laffemas empezó por estrujar el papel, pero luego lo alisó y lo releyó con mayor atención. No cabía duda: sólo podía tratarse de ella, de la hija de Chiara, aquella jovencísima muchacha que había desencadenado en él las fuerzas más devastadoras de la pasión, pero que en este momento suscitaba sobre todo su rencor. Guardaba el recuerdo humillante de la dura filípica que le había dedicado el cardenal.
