— Debería haceros ahorcar por los crímenes de rapto, matrimonio forzado y violación, que llevaron a una inocente a la muerte. Sé, además, que sois el autor de los crímenes perpetrados contra prostitutas a las que después marcáis con un sello de lacre rojo, y en vano habéis intentado culpar de ellos a un inocente. ¿De qué barro estáis hecho, Laffemas?

— Estoy hecho de la misma sustancia que todo hombre nacido de mujer. Tengo mis vicios, lo admito, pero ¿no soy un buen servidor para vos, monseñor?

— Es la razón por la que aún no habéis sido arrestado.

— Y nunca daréis esa orden, ¿no es así, monseñor? El amo del perro guardián ignora o no se preocupa de las inmundicias con que se alimenta ni de su ferocidad. Lo que le pide es que sea un guardián seguro, fiel e implacable. ¡Yo soy todo eso, y más aún!

— El verdugo del cardenal. Así os llaman…

— Necesitáis uno, y a mí no me importa serlo. Soy cruel y lo reconozco, pero ¿de qué le serviría a Vuestra Eminencia un santo?

— Os defendéis con habilidad y admito que deseo conservaros. Pero no volváis a atacar a ninguna muchacha, noble o plebeya. En caso de violación o asesinato, o ambas cosas, de una virgen, seré implacable. ¡Marchaos ahora mismo! Yo sentía afecto por esa pequeña…

El teniente civil no dejó de observar que únicamente le estaban prohibidas las jóvenes vírgenes, y que las busconas no habían aparecido en el discurso del cardenal-duque. Eran simplemente carne destinada al placer. ¡Qué importaba lo que les ocurriese! Evidentemente, no estaba seguro de encontrar el mismo placer en sus agresiones. El cuerpo joven, tan fresco y dulce, de Sylvie, poblaba sus noches de espantosas pesadillas desde que había llegado la noticia de su ahogamiento en el canal de Anet. ¡Y ahora resultaba que podía estar viva, escondida, inaccesible tal vez, pero viva! Encontrarla sería una partida de caza apasionante porque tampoco ella cabía en los límites impuestos por el cardenal, ya que no era virgen…



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