Incluso Jeannette les fue arrebatada una buena tarde por monseñor el duque de Beaufort, con el pretexto de que su lugar estaba en el hôtel de Vendôme y la duquesa la necesitaba. Evidentemente, a Nicole le habría gustado tener noticias suyas, pero por nada del mundo se habría permitido ir hasta la gran mansión del faubourg Saint-Honoré a preguntar por ella… Así se lo explicaba a su eterno prometido, el oficial de policía Désormeaux. Era a él a quien debía la llegada a la casa de Pierrot, un muchacho de doce o trece años que había sido por un tiempo marmitón en Aux Trois-Cuillers, y que la ayudaba en la cocina y el servicio de mesa, tarea en la que mostraba cierta habilidad.

Conocedora de los gustos de Renaudot, Nicole servía aquella noche un magnífico solomillo de buey al punto, comprado en una carnicería del Petit-Pont y asado en el espetón a fuego lento, encargando a Pierrot que pusiera toda su atención en darle vueltas y regarlo de vez en cuando con el jugo de la grasera. Ya al final, Nicole había sazonado ese jugo con un chorrito de vinagre y un poco de ajo finamente trinchado. Acompañó el plato con alubias rojas y lo hizo preceder por un paté de anguila a la pimienta comprado en la casa de maese Ragueneau, el mesonero vecino del Palais-Cardinal. De postre serviría un manjar blanco con confitura.

Los dos comensales degustaron los platos en silencio al principio, y luego mientras comentaban las últimas noticias de la Gazette, que se extendía sobre el problema de las revueltas de los Un-Pieds, los Descalzos, en Normandía contra los recaudadores de impuestos. En muchos lugares, la miseria era muy grande y enfurecía a la gente. Por ejemplo, en Ruán el populacho se había apoderado de un agente del fisco, le había clavado en el cuerpo varios clavos y había hecho pasar una carreta por encima de su cuerpo. Los burgueses se habían encerrado a cal y canto en sus casas, mientras los Un-Pieds merodeaban por los campos. El rey había enviado contra ellos al mariscal de Gassion…



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