
Conocedora de los gustos de Renaudot, Nicole servía aquella noche un magnífico solomillo de buey al punto, comprado en una carnicería del Petit-Pont y asado en el espetón a fuego lento, encargando a Pierrot que pusiera toda su atención en darle vueltas y regarlo de vez en cuando con el jugo de la grasera. Ya al final, Nicole había sazonado ese jugo con un chorrito de vinagre y un poco de ajo finamente trinchado. Acompañó el plato con alubias rojas y lo hizo preceder por un paté de anguila a la pimienta comprado en la casa de maese Ragueneau, el mesonero vecino del Palais-Cardinal. De postre serviría un manjar blanco con confitura.
Los dos comensales degustaron los platos en silencio al principio, y luego mientras comentaban las últimas noticias de la Gazette, que se extendía sobre el problema de las revueltas de los Un-Pieds, los Descalzos, en Normandía contra los recaudadores de impuestos. En muchos lugares, la miseria era muy grande y enfurecía a la gente. Por ejemplo, en Ruán el populacho se había apoderado de un agente del fisco, le había clavado en el cuerpo varios clavos y había hecho pasar una carreta por encima de su cuerpo. Los burgueses se habían encerrado a cal y canto en sus casas, mientras los Un-Pieds merodeaban por los campos. El rey había enviado contra ellos al mariscal de Gassion…
