— Esa gran miseria de la que son víctimas los campesinos pobres es una de las plagas de nuestra época. El cardenal, en tanto que sacerdote…

— Es sensible a ella, podéis estar seguro. Conozco ejemplos -le interrumpió Renaudot-, pero gobierna desde muy arriba… demasiado para preocuparse de lo que para él es un incidente menor. Se debe a Francia…

— Pero Francia no es una abstracción. Está hecha de tierra, sin duda, pero sobre todo de carne y sangre. Sin embargo, él no tiene piedad.

— Los hombres le han hecho despiadado. Pensad que está continuamente amenazado por el puñal de los asesinos… Admito, sin embargo, que resulta aterrador. Al parecer envía al señor de Laffemas detrás de Gassion…

— ¡El verdugo detrás de los militares! ¡Pobre gente! Es verdad que para los parisinos puede resultar una buena noticia. Ese hombre es el diablo…

Hubo un silencio que los dos hombres aprovecharon para pasarse un pote de cerámica decorado con un rameado azul y lleno de tabaco con el que cebaron sus pipas, que encendieron con un tizón de la chimenea. Durante unos momentos, el gacetista fumó la suya sin hablar, siguiendo con una mirada distraída las volutas del humo. De repente, como si una fuerza interior le impulsara a hablar, dijo:

— ¿Sabéis que otras dos mujeres han sido asesinadas en el último mes?

Arrancado de la dulce placidez en la que empezaba a sumirse, Raguenel se sobresaltó.

— ¿Como…, como antes?

— Exactamente. Sólo ha cambiado el sello. Ahora lleva la letra sigma… pero el proceso es el mismo: violada, degollada y marcada.

— ¿Por qué no me lo habéis dicho hasta ahora?

— Ni siquiera ahora habría debido hablaros. Cuando tuve noticia de la primera de esas nuevas muertes, pedí audiencia al cardenal y él me prohibió no sólo publicar nada en la Gazette, sino además hablar a nadie del tema. Si falto por vos a mi palabra, es porque sois mi amigo y es normal, en mi opinión, que estéis al corriente de los hechos, ya que tan cara pagasteis vuestra participación en nuestra aventura…



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