— De modo -dijo Perceval con la lentitud del que escoge sus palabras- que el cardenal ha decidido, ahora que conoce al asesino, dejarle seguir su monstruosa carrera.

— Necesita a ese miserable, y sin duda estima que encuentra en esa actividad un escape menos dañino, porque es evidente que ese asesino está loco. Debo añadir que la vida de unas cuantas meretrices no representa nada para Richelieu: en su opinión, esas mujeres han decidido vivir peligrosamente.

— ¡Hasta que llegue, acaso, el día en que ataque a mujeres honestas! -repuso Raguenel con amargura.

— Una mujer honesta no está hecha de distinta manera que una fulana -bramó de improviso una voz desconocida-. Sufren las dos de la misma manera, con la diferencia quizá de que la segunda soporta mejor el dolor que la primera. Y quiero decir además que las dos poseen un alma que les ha dado Dios.

Mientras su invitado se daba la vuelta, Raguenel se puso en pie y quedó frente al personaje enmarcado en el umbral de la puerta, con una pistola cargada en cada mano. Vestía una casaca de uniforme de un rojo desteñido bajo una capa negra echada hacia atrás, botas negras bien lustradas y guantes de cuero a juego, y, como si se tratara de un gentilhombre, llevaba una espada envaina-da a un costado y un sombrero de plumas negras, un poco rozadas pero aún presentables. En cuanto a su rostro, lo ocultaba una grotesca máscara de carnaval.

— Comparto vuestra opinión -dijo con frialdad Raguenel-. Pero ¿quién sois y qué deseáis?

El otro se tocó el ala del sombrero con una de sus pistolas, en un gesto que podía interpretarse como un saludo.

— Me llaman capitán Courage y soy el rey de todos los ladrones del reino…



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